Javier Bergia, tengo fe en la música

El músico madrileño viene haciendo música desde mediados de los ochenta; firmó tres discos de referencia: "Recoletos", "La alegría del coyote" y "Tagomago".

Este tres de junio Javier Bergia cumplió 55 años de vida. ¿Quién es este hombre?, pues un músico, sobre todo cantautor, cuyo nombre nos debería de sonar más a estas alturas, pero que, por causas variadas del destino, ha permanecido desde los ochenta velado bajo la etiqueta de “autor de culto”. Resumidamente, esta es su historia:

De familia materna dedicada a la música clásica, Javier Bergia nace en Madrid en 1958 y se forma con Gregorio Paniagua, quien le integra en conjuntos de música antigua y tradicional. A mediados de los ochenta colabora con Finis Africae, un grupo de vanguardia (mezclaban ambient, new age, folk y canción de autor, elementos que luego Bergia exploraría aún más en su carrera en solitario) que encabezaba el mallorquín Juan Alberto Arteche Gual (entre otras cosas, éste estuvo en Nuestro Pequeño Mundo y posteriormente fundó Aguaviva).

Sobre 1985 le llega una oportunidad para hacerse valer como solista. Le encargan la sintonía de la serie de televisión Media Naranja, una comedia dirigida por Jesús Yagüe, y publica Recoletos (en Spotify, por error, le han llamado como la primera canción del set). Este primer larga duración, aunque el propio autor lo califique de “un experimento más que otra cosa”, es un precioso trabajo de principio a fin. Un álbum que va en una línea de cantautor, sí, pero también de canción pop. Hoy es una pieza de coleccionista (¡en el Rastro de Madrid encontré de pura suerte y a un precio de risa un single de 45 r.p.m. que se desprende de este disco, y aunque tiene algún rayón todavía se escucha de maravilla!) y definitivamente es una de sus publicaciones más interesantes. De entrada, «Música Música» es una canción donde el autor demuestra de una manera hermosa, sincera y con un fervor religioso (de ahí el título de este artículo), su profundo amor por este noble arte. ¡Sublime canto que enaltece el ánimo de las almas melómanas! Pero como ya he dicho todos los temas destacan, difícil no emocionarse con «Gran Vía», «Ausencia», «Veinticinco años», «Vivir sin ti», o la que da nombre al álbum. Bergia fabula sus anécdotas, retrata el Madrid de su tiempo (en sus letras menciona constantemente calles y lugares reales y específicos, enterneciendo y tocando las fibras de quienes viven o han vivido alguna vez en esta ciudad), exuda nostalgia poética y contornea lúcidamente sus sentimientos.

Así entonces se presentaba en público Javier Bergia en un momento sociocultural de hedonismo y de desenfado generacional, todavía fresca la Movida Madrileña, en donde vendía más la estética y la actitud que la música íntima y con mensaje. El mismo autor ha dicho en más de una ocasión que siente que su generación llegó tarde a todo, empezó a hacer folk cuando ya no estaba de moda y cuando apareció como cantautor, éstos ya estaban en caída libre: al público sólo le interesaba distraerse. En buena medida esta circunstancia y el hecho de que haya dado varios traspiés por distintas discográficas que no valoraban adecuadamente sus trabajos, haciéndole una infame promoción, son las razones por las que no sea tan conocido.

Antes de que concluyera esta década vendrían otros dos discos que mantendrían la altura y cierto espíritu del debut, pero en donde se notaba más claramente la influencia, por un lado, del avant-rock practicado por Robert Fripp y compañía, y, por otro, del folk de gente como Joni Mitchell y James Taylor: La alegría del coyote (1988), donde se incluye la inolvidable «Nunca te dije», tema confesional y con trepidante final guitarrero («Nunca te dije que pasaba de ti, que de lejos veía tu figura caer, que la tarde se hundía entre baños de miel, que tu hermana era mi amor…»); y Tagomago (1989), álbum que bien podría disputarle el trono a Recoletos (escúchese por ejemplo «El colegio de Alvarito», «Midnight Round Mekines», «El frente Minskin», «Tierra a la vista»). Aquí se cerraba un ciclo.

Cuatro años después, Bergia se enfrentó a lo que sería un accidentado trabajo, Caracola. Un álbum de transición entre lo que se ha definido como su etapa “madrileña” (la que seguramente a la mayoría nos entusiasma más) y su etapa “rústica” (de la capital se fue a vivir a Val de Santo Domingo, un municipio de Toledo, y años después a la Sierra de Madrid). Lo grabó no una ni dos sino tres veces. Primero en un sello asturiano que se disolvió aún antes de terminar de registrar el disco y de publicarlo. Por broncas no le devolvieron las grabaciones y en Madrid lo hizo todo de nuevo en otra casa discográfica, pero con prisas y mal. A Bergia no le gustó el resultado final pero se tuvo que aguantar hasta que dieciséis años después lo volvió a grabar en su propio sello, esta vez con invitados (figuran Luis Eduardo Aute, Pablo Guerrero, Rodrigo García e Ismael Serrano) y cuidando todo el proceso con su debida atención.

Lo de regrabar canciones es una práctica a la que ha recurrido no sólo en el caso Caracola, también lo hizo en los recopilatorios De aquellos años verdes (1996) y en Veinticinco años (2001), movido principalmente por dos razones: poner en circulación temas que eran difíciles de conseguir debido a la escasa promoción de sus primeros discos y por un afán de pulcritud sonora (aunque, de ser sincero, personalmente prefiero el espíritu fresco y evocador de las grabaciones originales a pesar de que su producción no sea la mejor).

En Noche infinita… (1997) ya se percibe de manera muy evidente su creciente exploración por terrenos étnicos, orientalistas y medievales, tendencia de ramificación new age que en Rupairú (1998) y en los cuatro discos de Ishinohana (proyecto alterno entre Bergia, Luis Delgado y Manuel Illán) reafirma contundentemente.

Cedaceros 4 (2007), llamado así en homenaje al domicilio donde creció, y Un lugar bajo el sol (2012) son álbumes ya de madurez un tanto irregulares y deslucidos pero que ciertamente incluyen algunos temas más que rescatables, donde se combinan estos elementos ya mencionados con su rasgo más identificable, el de cantautor. Antología (2008) es un recopilatorio que bien sirve para introducirse en su obra en una panorámica general.

Ha incursionado en otros tantos proyectos más, de los cuales cabría destacar el álbum En la sombra de la utopía (2012) junto a Luis Delgado y Javier Paxarino. Es colaborador habitual del ya mentado Ismael Serrano, madrileño y cantautor también, quien ha llevado a Bergia de gira por América Latina (sobre todo al sur, Argentina, Uruguay y Chile) donde ya se le empieza a reconocer incluso más que en España. También se mantiene reflexionando regularmente en su blog y todo parece indicar que su próximo disco (el noveno sin contar las recopilaciones y considerando los dos Caracola como proyecto unitario), Punto y aparte, estará disponible en la brevedad.

Espero que con el tiempo se valore en justa dimensión a Javier Bergia, sus primeros trabajos son piezas que rotundamente no deben caer en el olvido. Y quiero creer que esto no será así porque yo también tengo fe en la música…


Artículo publicado originalmente en Satélite Media.

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