El final de Antònia Font

Desmarcados de todo debate político (por cantar en catalán-mallorquín), su único compromiso fue con la imaginación y la poesía.

“Diecisiete años y ocho álbumes después, Antònia Font anuncian que se disuelven. Satisfechos con el trabajo realizado y conscientes de su legado, los miembros del quinteto mallorquín consideran que ha llegado el momento de poner punto y final a su trayectoria y concentrarse en proyectos personales no necesariamente relacionados con la música. Sin controversias ni traumas internos, Joan Miquel Oliver (guitarra y composición), Pau Debon (guitarra y voz), Jaume Manresa (teclados), Joan Roca (bajo) y Pere Manel Debon (batería) coinciden en que su último álbum, Vostè és aquí (Robot Innocent, 2012), culmina su propuesta artística y es un digno epitafio para una carrera que no admite un paso atrás”.

De esta manera informó Fina Estampa (la empresa de management de Antònia Font) la conclusión de una de las mejores bandas que han germinado en el estado español en las últimas dos décadas. Dicen que la separación es amistosa y que en el pasado ya habían surgido rumores en torno a ello. Lo cierto es que, para muchos, es una noticia triste porque, aunque algunos de sus miembros seguirán haciendo música que seguro revolucionará nuestros oídos, la disolución de Antònia Font es una pérdida mayúscula para la música catalana/española en particular y, hace falta decirlo más y bien clarito, para la de todo el mundo en general.

Si bien es verdad que, más allá de los entendidos y de los melómanos más inquietos, este nombre no resulta muy familiar fuera de España -de hecho no desde hace mucho apenas empezaban a trascender con peso fuera de Cataluña (la España castellana ha sido siempre estúpidamente prejuiciosa con respecto a las comunidades autónomas con otras lenguas distintas al español)-, es cuestión de tiempo, un mero trámite, para que su obra viaje el vasto y justo recorrido que le corresponde. Tarde o temprano la música de Antònia Font llegará a todo aquel a quien le tenga que llegar, se encuentre donde se encuentre, es inevitable. Es el final, sí, pero para Antònia Font ahora empieza otro camino, uno que se expandirá en múltiples ramificaciones, insospechadas e imprevisibles.

Aún así, no deja de ser desconcertante que se separen en este momento: además de su creciente y progresiva popularidad, se encontraban en un asombroso nivel creativo e interpretativo que venían cultivando y moldeando desde el primer álbum; nadie podría decir que estaban en decadencia, todo lo contrario. Así también, desde apenas el 2011 habían creado su propio sello discográfico, Robot Innocent, señal que podría dar a entender en su momento que el proyecto todavía iba para largo.

El mundo interior de Antònia Font es amplísimo, estimulante y muy personal. Desmarcados de todo debate político (por cantar en catalán-mallorquín), su único compromiso fue con la imaginación y la poesía. Decía su líder, Joan Miquel Oliver (un genio marciano que además ha ejercido una igualmente recomendable carrera en solitario y publicado un poemario, una novela y una obra de teatro), que con Antònia Font intentaba elaborar “unos temas mediterráneos con un punto doméstico surrealista”. Y sí, su música es el pop-rock de cinco auténticos mallorquines que, de tan iconoclastas y geniales, resultan también multiformes (sin perder su seña de identidad), modernos y a la vez atemporales (ya son eternos). Inclasificables y sofisticados por momentos, entrañables e íntimos en otros. Populares y cultos. Definitivamente únicos e irrepetibles. Y por eso, isleños y universales.

Yo les descubrí tarde (pero a tiempo, no sé si me explico), un par de años después de que publicaran Coser i Cantar (DiscMedi, 2007). Me faltó escuchar sólo un tema de ese álbum doble para ir corriendo a comprar el disco y el DVD en directo que registraron en el Gran Teatre del Liceu (Barcelona). Me entusiasmó tanto esta odisea musical que escribí un extenso artículo en mi blog que puede ser una buena guía para aquel que sienta la curiosidad de adentrarse en su fascinante sonido.

Luego vendría Lamparetes (Robot Innocent, 2011), álbum que escogí en primer lugar en mi lista de 25 mejores discos españoles de ese año. Durante esa gira tuve la inmensa suerte de verles en directo, quedé estupefacto. Escribí algo al respecto también en mi blog. Después vería la luz el desbordante y último Vostè és aquí, una increíble demostración de poderío creativo que quita el aliento ya que contiene ni más ni menos que 40 canciones como 40 miniaturas. Este álbum lo reseñé (en aquel momento estaba seguro de que se trataba de un paso transitorio a otro estado más elevado de composición pero al final, ya ven, mis predicciones se quedaron en nada), y lo distinguí con el puesto número 13 en mi lista de los 30 mejores discos españoles del 2012.

Me daba un poco de reparo acercarme a sus primeros álbumes porque a veces pasa que cuando conoces a una banda en su madurez sus trabajos iniciáticos te parecen más o menos básicos, pero la verdad es que en Antònia Font (Slurp!, 1998) y en A Rússia (Slurp!/Música Global, 2001) descubrí a un grupo ya dinámico, enérgico, solvente, original y del todo convincente. El tercero, Alegria (Drac/Virgin, 2002), ya fue un bombazo y el definitivo despegue de su carrera. De los diez temas de éste, al menos unos 7 u 8 podrían ser los “grandes éxitos” de otras bandas. Finalmente Taxi (DiscMedi/Blau, 2004) y Batiscafo Katiuscas (DiscMedi/Blau, 2006) ya son obras maestras de plenitud, por momentos incluso alucinantemente grandilocuentes que anticipaban la grandeza que supondría Coser i Cantar

Qué puedo decir, se ha disuelto una de mis bandas favoritas de los últimos años. Al final todo lo bueno acaba. Por un lado siento una pena enorme (qué duro será vivir en un mundo sin más discos de Antònia Font), pero por otro una alegría irrefrenable. Y eso es porque celebro su existencia, haya durado lo que haya durado, y les deseo suerte y dicha en sus nuevas aventuras. Que así sea pues.


Artículo publicado en Satélite Media.

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