El Hamlet de Alfonso Zurro: espejo de la vida

Los montajes de Alfonso Zurro sobre obras clásicas nunca abundan en los caminos trillados y previsibles del teatro burgués y tradicional, sino que utilizan la imaginación creativa y el lenguaje escénico contemporáneo como un elemento argumental más.
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25/07/2015. Festival Teatro y Danza Castillo de Niebla de Huelva.

Shakespeare es con casi total seguridad el autor más representado de la historia universal del teatro y Hamlet quizá su obra más icónica. Enfrentarnos a un nuevo Hamlet hace que nos surjan de inmediato dos preguntas: ¿Es posible otro Hamlet? ¿Y es necesario? El texto de Shakespeare es tan rico, está tan lleno de matices, de facetas, de perspectivas diferentes desde las que poder abordarlo, que siempre parece posible una nueva mirada sobre Hamlet. Parafraseando a Heráclito podría decirse que nunca verás dos veces el mismo Hamlet, porque en cada momento de la vida, en cada etapa de maduración, te impactará más o menos una de sus vertientes.
“El teatro es el espejo de la vida”, dice nuestro príncipe de Dinamarca. Somos conscientes de que, como todo lo que rodea a esta obra y a este personaje, la frase suena a lugar común, a obviedad manoseada, pero no nos resistimos a encabezar esta crítica con ella, porque teatro, espejo y vida son los hilos conductores TCS Hamlet_044indiscutibles de este montaje. Alfonso Zurro apuesta siempre a ganar y asume el riesgo de no ser entendido. Sus montajes de obras clásicas nunca abundan en los caminos trillados y previsibles del teatro burgués y tradicional, sino que utilizan la imaginación creativa y el lenguaje escénico contemporáneo como un elemento argumental más. En este caso la escenografía, que ha corrido a cargo de Curt Willmer, sirve no sólo de telón de fondo, sino de auténtico elemento significativo. Destaca a la vez por su sencillez y por su complejidad. Ocho espejos cierran y acotan el escenario. En ellos se refleja una realidad fraccionada, vista desde diferentes perspectivas. Como en un cuadro de Picasso, el perfil, el haz y el envés conviven fundidos en uno, mostrando a la vez una realidad total y descompuesta en parcialidades. El blanco que cubre al principio los suelos, llenando de sensaciones de frío y desasosiego la escena, va desvelándose en capas que aportan nuevos matices, nuevas cualidades cromáticas y perspectivas sensoriales. Como en la propia obra, cada capa aporta nuevas complejidades, nuevas interpretaciones. Incluso cuando el espectador asume que ya no hay nada más que desnudar, quedan más capas, más sentidos, más pieles, más lecturas.
A Hamlet es habitual acompañarlo de cierta aura de severidad y austeridad, de grandilocuencia y respeto. Pareciera que nada más debe aportarse a un texto que por sí mismo es tan grande, que debe tratársele con una reverencia distante y solemne. Esta versión, a pesar de usar la traducción más clásica, la de Leandro Fernández de Moratín, no abunda en esos caminos, quizá porque entiende que al espectador contemporáneo es difícil llegarle al corazón desde la pomposidad afectada. Encontramos aquí a un Hamlet cercano e inquieto, dinámico y bullicioso, a un Polonio autoparódico, desposeído de su solemnidad a base de exagerarla, a unos Guildestern y Rosencrantz esperpénticos, ambiguos, cómicos.

TCS Hamlet_953Hacer casi una burla de la pomposidad y grandilocuencia de los Hamlet tradicionales es arriesgado, pero convierte a este montaje en algo más cercano al espectador, en algo que mueve más a la empatía de lo que suele ser habitual en esta obra. A ello contribuyen unas interpretaciones ajustadas y medidas. Podríamos destacar entre ellas a la del protagonista, Pablo Gómez-Pando, que se consagra definitivamente con este papel como uno de los llamados a protagonizar la escena nacional en los próximos años. Un lujo además poder contar con actores y actrices curtidos en mil batallas como Juan Motilla o Amparo Marín, pero sobre todo con la maestría sobre las tablas de Manuel Monteagudo, sublime como Polonio y magnífico como enterrador.
Hamlet ha sido siempre contemporáneo porque los conflictos que plantea nunca pasan de moda, están en la esencia del ser humano. En un mundo donde las verdades absolutas y monolíticas parecen diluirse cada vez más, donde la incertidumbre se erige en única certeza, las dudas de Hamlet parecen más actuales que nunca.
Decir la última palabra sobre esta obra parece imposible y este montaje tampoco lo pretende. Entre otras cosas porque todos tenemos una visión interiorizada de Hamlet con la que cada representación, cada versión, conecta más o menos. Este es un Hamlet de hoy en día, que exprime las posibilidades del teatro contemporáneo para llegar a un espectador contemporáneo. Aporta frescura, humor e incluso descaro y una espectacular puesta en escena que nos reconcilia con el clásico.

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Fotos: Teatro Clásico de Sevilla.


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