FEDERICO VEIROJ. El apóstata

"El apóstata" es una propuesta original, atrevida, diferente, que entronca con un cine genuinamente español, también hermosa en sus fines simbólicos y sustanciales, y que inyecta en nuestro espíritu un ánimo insurrectamente jubiloso y juguetón.
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cartel-elapostataLlama la atención que tuviera que ser un director extranjero el responsable de una de las películas más genuinamente españolas que se han podido ver desde hace tiempo. Quizá después de todo resulte lógico en un país que constantemente reniega de sí mismo, incapaz aún de sanar viejas heridas y que le ha dado la espalda a su cultura autóctona por asociarla erróneamente a la dictadura. Parece sensato pensar que un observador foráneo que haya tenido una relación intensa con España —desprovisto de prejuicios, sin el peso de tener que cargar con un país fisurado y desfragmentándose, antes bien curioso y receptivo al absorber lo que el país tiene que ofrecerle—, como es el caso de Federico Veiroj (nacido en Montevideo en 1976 y naturalizado español), sería capaz de captar la esencia de este país, transitando por un camino que parece haberse malogrado o sido abandonado en algún momento:

El apóstata (2015) entronca con el cine español de los cuarenta, cincuenta, sesenta; el de Berlanga, Sáenz de Heredia, Marco Ferreri, Buñuel, Mihura, Azcona, Saura y llega hasta el de Javier Fesser. Y sin embargo no deja de ser tampoco una película con un lenguaje y un estilo personal, actual, libre, versátil, ecléctico, insurrecto, que lo desmarca de toda moda y de gran parte del cine contemporáneo, español o no, si bien El apóstata trasmite la sensación de que ocurre durante un momento anterior a este, no del todo definible (no hay ordenadores ni móviles, por ejemplo; es más, ¡el protagonista escribe cartas!)

Quien haya visto los dos anteriores films de Veiroj, Acné (2008) y La vida útil (2010), notará enseguida que se trata del mismo autor, si bien El apóstata es su trabajo más logrado y desarrollado hasta la fecha. No obstante, me quedo con La vida útil, no sólo como cinéfilo sino a nivel personal por obvias razones.

Al igual que en sus anteriores trabajos, se repite la fórmula de combinar un protagonista no-actor —Álvaro Ogalla que, como Jorge Jellinek en La vida útil, marca toda la película, es decir, la película es él— con otros que sí lo son profesionalmente (Bárbara Lennie, Vicky Peña, Marta Larralde, Juan Calot…), sin descuidar los geniales cameos de figuras reconocibles (Juan de Pablos, Jaime Chávarri…). No es lo único que les emparenta, también en El apóstata ocurren episodios de repentina filosofía o en el que vemos al protagonista de pronto meterse en circunstancias inusuales, como así ocurría en La vida útil, o esa fijación por el deseo y los impulsos sexuales, como así pasaba en Acné.

Quizá en El apóstata ya se estén definiendo los temas del autor, porque todo autor tiene sus temas (los va desarrollando o los va encontrando), si bien es verdad que en las dos anteriores Veiroj no había cuestionado la fe como concepto ni el sistema heredado e impuesto como lo hace aquí, sin que podamos definir tampoco El apóstata como un film político ni anticlerical. Es ante todo una comedia, pero no una bobalicona al uso, sino como las que se hacían antes. Y tiene tintes de tragicomedia, de fantasía, de cine experimental, de exploración interior, de denuncia (porque hay que ver qué difícil es apostatar en un país que supuestamente se declara laico).

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Para mí uno de los momentos clave para entender la substancia del film es ese arco de episodios que va desde que el protagonista, Gonzalo Tamayo, hace llorar a su madre cuando ésta se entera de que está intentado apostatar, algo que ella entiende como si renegara de su familia y de sus raíces. Entonces Gonzalo le pide perdón como si fuera un chiquillo de 10 años, se va a su casa y a la mañana siguiente descubre que se ha meado en el colchón, como si realmente la confrontación con su madre le hubiese hecho volver a su niñez. Entonces, punto culminante, Gonzalo coge las sábanas y se va a una lavandería. De camino pasa por un bar que llama su atención, y luego de programar la lavadora entra ahí. Se queda en la barra y observa a una familia que se encuentra al fondo, tocando flamenco. Son Rafael Rodríguez ‘El Cabeza’ al toque e Israel Fernández al cante. Los mira como con nostalgia, como sintiendo que él no pertenece a ninguna tradición, como si se diera cuenta de pronto que no sabe cuál es su camino ni qué es lo que quiere ni quién es él.

Otro punto digno de enmarcar es el glorioso y genial final, de una belleza más simbólica que estética. Es un final —de los mejores que recuerdo últimamente— a la altura de una obra maestra, aunque El apóstata no lo es: aquí y allá se notan esos detalles malogrados, secuencias que se tropiezan, de un director aún por madurar, terminar de definir su estilo y dominar su medio.

La banda sonora es excepcional: Lorca y La Argentinita, Lisabö, Hanns Eisler, Prokofiev (en La vida útil no se le escucha pero en un momento se le menciona de refilón), Enrique Morente, melodías extraídas de los documentales del NoDo (de nuevo un elemento de aquella España, utilizado de forma desprejuiciada).

El apóstata es una propuesta original, atrevida, diferente, también hermosa en sus fines simbólicos y sustanciales, y que inyecta en nuestro espíritu un ánimo insurrectamente jubiloso y juguetón.

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