Dos Medeas enfrentadas: Lírica y nostálgica Ana Belén; huracán de rabia, dolor y venganza Aitana Sánchez-Gijón

El mito de Medea cuestiona el papel de la mujer en los roles de género así como el más sagrado de todos los vínculos, el amor materno-filial. Miguel Ángel Acosta analiza las “Medeas” que se estuvieron representando en el Lope de Vega y en el Central, en Sevilla.
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18/10/2015, Teatro Lope de Vega – 24/10/2015, Teatro Central – Sevilla.

El mito de Medea ha suscitado una enorme fascinación desde la antigüedad más remota. Si bien es conocido por las tragedias que compusieran Eurípides y Séneca, son muchos los autores clásicos que trataron sobre él, como Apolonio de Rodas y Ovidio. Medea transgrede algunos de los tabúes más sagrados de la cultura humana en general y de la occidental en particular. Cuestiona el papel de la mujer en los roles de género, las convenciones sociales y quizá el más sagrado de todos los vínculos, el amor materno-filial.

Pero contar la historia de Medea no es fácil. Lo que la obra teatral relata, la estancia de Medea en Corinto, es sólo una parte de una narración legendaria mucho más extensa, que se imbrica a su vez con otras tradiciones y se sitúa en un tiempo mítico, en que los dioses y los hombres enlazaban sus destinos. La tragedia de Eurípides está escrita para espectadores con cierto conocimiento acerca el contexto mítico en que la trama ocurre, aún así da amplia noticia sobre las aventuras anteriores de Medea y Jasón.

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Desafortunadamente el espectador contemporáneo no suele estar tan familiarizado con los héroes y los dioses griegos, con sus aventuras y sus genealogías. Es por ello que muchas versiones contemporáneas inciden de manera especial en dotar al espectador de ese marco y en otras prácticamente se prescinde de él, presentando el conflicto en toda su crudeza más allá de las circunstancias que lo propiciaron. En ambos extremos existen riesgos evidentes. Las versiones de que vamos a hablar son diferentes en este sentido, cada cual apuesta por uno de estos extremos, aunque ambas solventan los posibles problemas con soltura.

Hemos tenido, pues, la suerte de poder confrontar en menos de una semana dos versiones muy distintas de Medea. Con la una aún fresca en la memoria y la retina, pudimos ponernos frente a la otra y contemplar a esa Medea que cuenta en esencia el mismo conflicto, pero que es tan distinta de la primera, tan lejana a pesar de ser la misma.

La Medea de José Carlos Plaza y Ana Belén: Lírica, nostálgica y casi didáctica

José Carlos Plaza y Ana Belén han ido poniendo en escena durante los últimos años una trilogía de obras protagonizadas por grandes heroínas del teatro griego clásico. Después de Fedra (2007) y Electra (2012) en esta ocasión nos presentan a Medea. El reto no es menor por mucho que el tándem esté acostumbrado a trabajar juntos y a funcionar, porque Medea no es un personaje cualquiera, es alguien que hace añicos todas las convenciones más básicas de nuestra sociedad; conseguir que sea creíble sin que su actitud deje de parecer inexcusable para la mayoría no es fácil, hacerla comprensible requiere de mucha capacidad de dominio del lenguaje teatral.

El texto es una versión libre compuesta por Vicente Molina Foix partiendo de diversas fuentes, especialmente la versión de Eurípides. Medea y su nodriza rememoran el camino que las ha llevado hasta Corinto, el viaje de Jasón y los Argonautas por el Egeo y el Mar Negro hasta la Cólquide en busca del Vellocino de Oro y su regreso con el Vellocino y con Medea. Las aventuras y los peligros quedan impregnados, en la memoria de las narradoras, de un tono lírico y nostálgico que marca toda la representación. El contexto se cuenta pues de un modo claro y entendible, casi didáctico, con un cierto regusto de vieja narración a la luz de la velas, porque esta es una Medea evocadora y nostálgica, que no recurre a la eficacia del énfasis y la exageración, sino que se aventura en un terreno diferente, se contagia de la sutileza sedosa de la voz y la presencia de Ana Belén para poner ante nuestros ojos un personaje que construye su fuerza desde la fragilidad y que llega a la atrocidad por senderos racionalmente entendibles.

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El riesgo de una Medea lírica y explicada racionalmente es que por el camino ha de perder parte de su fuerza, de su carácter indomable y violento. Esto no es algo que Molina Foix introduzca arbitrariamente, está en la obra de Eurípides, mucho menos visceral y violenta que la de Séneca, pero el montaje lo potencia hasta el punto de que esta Medea deja de pertenecer un poco al tiempo mítico en que los humanos y los dioses se tratan a diario y se instala en nuestro aquí, en nuestros conceptos del mundo y del ser humano. Es una visión posible y quizá necesaria. Queda muy lejos de la imagen estereotipada de las Medeas coléricas e histriónicas, es otra cosa, sutil, poética, más desdichada que malvada.

La puesta en escena está construida con preciosismo y detalle, una enorme puerta que simboliza la entrada a la morada de Medea y un paisaje naturalista con rocas y vegetación contribuyen a crear esa atmósfera cargada de sutileza y de lirismo. Entre las interpretaciones, además de la difícil cuadratura del círculo que consigue Ana Belén encajando en su fragilidad la fuerza de la protagonista, destaca una Consuelo Trujillo que encarna a la nodriza con precisión y con carácter, con matices y valentía. Estamos pues ante una Medea clásica en su concepción teatral, pero no por ello completamente convencional.

La Medea de Andrés Lima y Aitana Sánchez-Gijón: Fuerza telúrica radicalmente contemporánea

Por otro lado, Andrés Lima y Aitana Sánchez-Gijón nos traen una Medea muy diferente a casi cualquier otra, porque su novedad radica, fundamentalmente, en su concepción teatral. Esta representación viene respaldada por un proyecto apenas naciente en el seno de Teatro de la Abadía, denominado Teatro de la Ciudad, que supone la unión de Andrés Lima, Miguel del Arco y Alfredo Sanzol en una apuesta por el teatro contemporáneo desde la investigación, la reflexión y la creación. En poco más de un año que llevan en marcha han dado ya tres frutos prometedores, la Antígona que dirige del Arco, el Edipo de Sanzol y esta Medea que tratamos y que corre a cargo de Andrés Lima.

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Usando la bronca versión de Séneca en traducción de Jesús Moreno Luque, Lima construye una auténtica experiencia teatral en la que el texto es sólo un hilo conductor, porque el verdadero acento está en las sensaciones, en la conmoción interior que la obra produce en el espectador. Esta es una Medea que no se comprende, se siente, conecta directamente con un algo previo a la razón que late dentro de nosotros.

Desde el primer momento, desde la narración épica del origen de los dioses y la propia Medea, desde el grito desgarrado de la protagonista, desde las escenas iniciales envueltas en luces bajas, espectrales, asfixiantes, el espectador entra en un vaivén de sensaciones turbadoras. Medea nos arrastra en una vorágine de odio y desesperación que va sembrando la muerte a su paso. Y como mantras se repiten, machaconas, unas frases desesperadas como aquella de “Jasón, me debes un hermano” y sobre todo la estremecedora “no hay mayor dolor que el amor”. Esta es una Medea obsesiva, dotada de una fuerza sobrehumana, una Medea que realmente da miedo, una auténtica hechicera conectada con los dioses, sus saberes ancestrales y las fuerzas telúricas de la creación.

Aitana Sánchez-Gijón roza lo sublime en este papel, el sobrecogedor tono de su voz, el increíble trabajo físico y expresivo, la fuerza que destila cada poro de su piel, no admiten tacha. Una Laura Galán en estado de trance la secunda perfectamente como una nodriza desesperada y perturbadora. Andrés Lima dota de solemnidad y eficacia a Creonte y Jasón y Jana Gomila como corifea acompaña este huracán de sentimientos y sensaciones con un chelo tenso que puntúa rítmico junto a su portentosa voz, dotando de sentido al conjunto. La austeridad de la escenografía contribuye a aumentar el dramatismo de las escenas, impidiéndonos distraernos de lo fundamental.

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Asistir a esta Medea es asomarse a una experiencia indescriptible que nos retrotrae a los inicios de Grecia y que es a la vez radicalmente contemporánea, una versión que ejemplifica el poder de los clásicos, de sus historias universales, tan dúctiles que pueden perfectamente adaptarse a cualquier lenguaje teatral. Durante la representación cuesta apartar la vista y la mente de lo que allí ocurre, cuesta casi parpadear, como cuesta luego, una vez ha caído el telón, volver al mundo, a sus miserias y pequeñeces.

Uno se pregunta después de haber asistido a ambas representaciones si estas dos Medeas en caso de sentarse una frente a la otra se reconocerían. ¿Sabrían mirarse a los ojos y ver en los de la otra el reflejo de su sufrimiento? Si aquella mujer nostálgica y derrotada que acaba con todo porque no concibe ya mayor desdicha se enfrentase a este otro huracán de rabia y dolor y venganza, a esta fuerza tectónica incontrolable ¿se vería reflejada en el espejo de la sus pupilas? Imposible responder a estas preguntas. Ambas son dos seres poderosos heridos de amor, esa fuerza capaz de construirnos, de hacernos nuevos y mejores, y capaz también de destruirnos, a nosotros y a todo lo que habite en nuestro dolor.


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Un comentario

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  • FERMÍN
    2 enero 2016 at 7:05 am - Reply

    ¿Cuál es la fuerza contemporánea de los mitos griegos?
    Pues creo que es que en ellos estaban ya todas nuestras contradicciones como hombres occidentales contemporáneos.

    Si estos mitos fueran resolutorios, yo creo que hace ya tiempo que hubieran sido olvidados al ámbito académico, como otras colecciones de cuentos de las tantas que hay.

    Enhorabuena Acosta, por aunar sobriedad con expresividad. No es fácil. Muy bien.

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