El nihilismo o de las elecciones en México

“¿Y si anulo mi voto, y si todos anulan su voto y el sistema colapsa y entonces debe plantearse otra cosa?”. Una reflexión de Omar Arriaga Garcés, a razón de las próximas elecciones intermedias en México este 7 de junio.
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Cada tres años en México, al menos desde hace cuatro lustros, cuando hay elecciones intermedias o presidenciales, una buena parte de la población se pregunta si la mejor opción será anular el voto para que dado el escaso número de participación los comicios se invaliden y, de esta forma, colapse el oneroso sistema electoral del país, que reparte miles de millones de pesos a los partidos políticos e incluso cuenta con una credencial especial con fotografía cuyo fin sería hacer intransferible el derecho y la obligación cívicos de cada ciudadano.

No obstante, como sospecha la mayoría y como recela esa mayoría, en México el voto sirve sólo para justificar el triunfo y la posición de alguno de los partidos, no para que aquello que la ciudadanía desea sea transferido a la realidad, pues los institutos políticos, llegado el momento, sea que pierdan o ganen, olvidarán todo lo que durante las campañas propusieron, si es que algo alcanzaron a proponer. Se tratará así siempre de palabras desconectadas del contexto en que han nacido y que pronto caerán del lado de la sombra; metafísica del vacío, nihilismo pasivo.

Se habla mucho de democracia y democracia debe ser una de las palabras más utilizadas en los medios de comunicación, en la calle y en los discursos, pero de que una cosa era el sistema griego —en que cada persona con el estatus de ciudadano elegía en una asamblea mediante sufragio directo a quienes se harían cargo de la polis por un determinado periodo de tiempo— y que otra muy diferente es el sistema aparentemente republicano en que deberíamos elegir a gobernantes que nos representarían en la asamblea, eso está más que claro.

Pero democracia es el gobierno del pueblo, en el que la gente participa en la construcción de lo que es el poder, y hay lugares donde no existe esa división entre fuerzas y sin embargo hay interacción y complementariedad entre la sociedad y quienes administran los bienes. No me viene a la cabeza ejemplo más propicio que el de Cherán, Michoacán, México, burbuja donde de momento se elige mediante usos y costumbres en asamblea directa desde 2011 a un Concejo Mayor de Gobierno Comunal integrado por doce personas que se harán cargo por tres años de los destinos del resto de los habitantes de la comunidad, quienes tienen mayor honorabilidad, honestidad o quienes mejor representan los intereses del pueblo.

Porque lo visible en la democracia occidental es que quienes están frente a la asamblea pronto dejan de lado los intereses de aquellos a quienes supuestamente representarían, mas no pensaba en eso a quien se le ocurrió que el príncipe debía tener un contrapeso en los nobles —o en dado caso, en los dueños de los medios de producción, por decirlo de alguna manera—, quienes a su vez debían tener un contrapeso en los tribunos de la plebe, funcionarios designados por el pueblo raso para hacer escuchar su voz frente a quien buscaría un poder único y frente a quienes pugnarían por su posición y por el bienestar de su clase o gremio; pues que eso debieran ser la presidencia por una parte, la cámara de senadores y la de diputados por la otra, así como en Inglaterra hay un primer ministro, una cámara de los loores y una cámara de los comunes.

Si en otros países existe esa distinción aunque sea teóricamente, en México ni siquiera en la teoría se entiende que uno debe manejar la política del país, otros velar por los intereses privados y públicos y unos más evitar que el poder de los otros deje de lado los intereses del pueblo llano; esos límites están desdibujados y eso en México, para empezar, es ya la utopía: que no se beneficie a una sola de las partes en el proceso y que quien representa a otros no trate de hincharse los bolsillos y de sacar tajada para quienes están alrededor suyo.

Si así como los cuerpos orbitan en el cielo en torno a cuerpos más grandes y a eso se le llama fuerza de gravedad, en este país lo que de verdad funciona es una especie de sistemas planetarios más pequeños y más grandes que se ciñen a la fuerza gravitacional de los cuerpos mayores y que rotan a su alrededor, independientemente de las leyes escritas y de lo que debería hacerse en teoría. ¡Vaya!, que en México la democracia occidental es impensable aún y este terruño no ha terminado de salir del feudalismo y quizá sea vocación suya no salir jamás. Quizá no sea suya tampoco la tarea de llevar a término eso que en Occidente se llama democracia, y sí concretar alguna otra fórmula más cercana a sí mismo.

La pobreza y la inmediatez de la vida, la falta de educación cívica y de cultura, el miedo metido en el cuerpo —esos pequeños cuerpos que somos y que debemos girar en torno a un algo más grande para sobrevivir— y el amasijo del poder, que copa las estructuras con el carácter de sus designios a los que es cada vez más difícil oponerse, trazan las fronteras en las que cada persona debe moverse o dejar de ser, y se sigue a la mayoría que —sin más— transita un camino no deseado pero de cuyas lindes no puede salir.

Muy pronto, quizá en preescolar o en los primeros años de la escuela, uno se percata de que lo escrito y consagrado en las leyes se contrapone de manera palmaria apenas salir del aula de clases, y que es algo mayor que uno mismo y que está en todas partes, de forma flagrante y cínica. Y entonces el proceso se repite y aunque se sepa que se gira en torno a un cuerpo de poder más grande uno se siente seducido por la idea de que tal vez la propia decisión pueda influir en la conformación de esa fuerza que se ve desplegarse, bajo la figura de funcionarios y poderes y partidos y gobernantes y presidentes. Y poco o nada se hace en ese momento por constatar si, en efecto, la propia voluntad actúa.

El ciclo llega a su fin, el poder se desarticula supuestamente y hay que volver a actuar el rol de actores de la democracia; los institutos políticos piden el voto, los sufragantes se alistan y piensan que en parte son escuchados, pero en este lugar en el que se toma consciencia de que las estrellas rotan a mayor o menor velocidad, la pregunta es inexorable y uno termina expresando: “¿Y si anulo mi voto, y si todos anulan su voto y el sistema colapsa y entonces debe plantearse otra cosa?”. Pero tal escenario ya ha sido previsto aun antes de la “elección”.

Hay más de veinte técnicas ya célebres para hacerse con sufragios en los comicios, desde el archiconocido “ratón loco”, que consiste en hacer que una persona vote una y otra vez en distintas casillas al falsear los padrones, pasando por la “urna embarazada” —en que un partido previamente llenó de boletas en favor de su candidato el receptáculo de los votos— hasta llegar a la poco elegante compra de votos, de boletas, de credenciales de elector —con fotografía— o al cambio de ese derecho y deber ciudadano por comida, un billete, un bulto de cemento o unas varillas para la construcción.

En el caso de la sugestiva opción de anular el voto, no habrá anulación de los comicios por un escaso porcentaje de participación ciudadana, no habrá partido débil por recibir pocos sufragios, no habrá repetición de las elecciones ni menor cantidad de dinero repartido entre los institutos que ganen o pierdan; aunque uno no vaya a hacer válido su voto alguien más decidirá y tendrá que atenerse a las consecuencias de esa comedia gravitacional en que se orbita —con consciencia o no— alrededor de cuerpos más grandes y que aglutinan mayor poder.

El primer paso para proponer otra democracia u otra forma de gobierno más efectiva pasa por mecanismos efectivos que sancionen las malas administraciones de quienes están al frente de la casa, pero para lograrlo, quienes representan al pueblo, deben proponerlo a quienes representan los intereses públicos y privados y a quien lleva el destino político del país, pero no existe una división entre dichos poderes por lo que la propuesta será desechada por no convenir a la comedia.

Mucho más difícil es imaginar la figura de la revocación de mandato y más difícil aun la figura de anulación del voto, para que al menos la tercera parte del padrón sea necesario para que una elección sea válida; porque para ello se necesita que la propuesta pase por los poderes y a los poderes no les dará la gana pasarla.

Vamos, que el trabajo de Sísifo era menos complicado que las elecciones en México, y aun así todos saben en qué termina la comedia y nadie puede dejar de actuar el rol que le toca en la obra de la democracia, que desde las mismas bases dice que si no participas es culpa tuya la elección de los más y si participas es culpa tuya que hayan ganado los mismos partidos. Nihilismo puro, mitología griega, feudalismo activo. Entonces ¿para qué participo si no cambiará nada? Y es por ello que los antiguos sabían en esta parte del mundo que los volcanes describían a la perfección la forma de la sociedad, porque a menos que haya una erupción parece que en esta parte de la Tierra las cosas no cambian y los planetas no giran.


Omar Arriaga Garcés es un poeta, periodista cultural y analista político mexicano (Morelia, 1984), Licenciado por la Facultad de Lengua y Literaturas Hispánicas de la Universidad Michoacana. Ha ganado el Premio Michoacán de Ensayo María Zambrano 2013 por La muerte de Sócrates, su primer libro publicado.


Pintura: Sísifo, Tiziano. 1548-49.


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