JUAN TALLÓN. Fin de poema

“Fin de poema” descubre caminos para la revelación, abre puertas a verdades imperfectas, desmitifica al dios-escritor y nos lo muestra más mísero que superdotado, al borde de una extinción anticipada.
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findepoema_bajaIdealizamos a los autores, creemos que nuestro escritor favorito es el no va más, el crisol definitivo de virtudes y habilidades que queremos para nosotros. Esa manía tan humana de comparar la vida propia con lo que atribuimos a la ajena, costumbre que linda con el masoquismo emocional y que parece codificada en nuestros genes hasta el punto de hacernos olvidar que somos seres sociales, que vivimos entre edificios de pensamiento y nos debatimos continuamente entre una marejada de mensajes de éxito y perfección. Creemos que nuestro poeta romántico favorito no expelía ventosidades cuando comía col, creemos que nuestro predilecto novelista realistafantástico no perdía los papeles ante el objeto desnudo de su perversión, creemos que el más sesudo articulista jamás ha visto un partido de fútbol y gritado hasta desgañitarse al ver que su equipo vuelve a ser derrotado.

Creemos demasiadas versiones simplificadas, y la literatura no pocas veces ayuda a esa extracción de complicaciones que necesitamos para poder sobrevivir. Pero una cosa es la supervivencia, el tiempo muerto de nuestras vidas que empleamos en trabajar, lavar la vajilla, defecar y discutir sobre asuntos domésticos; y otra bien distinta es vivir en la total ignorancia del esplendor que se oculta detrás de estar vivo. Por eso me ha gustado este libro, porque descubre caminos para la revelación, porque abre puertas a verdades imperfectas, pero, sobre todo, porque desmitifica al dios-escritor y nos lo muestra más mísero que superdotado, al borde de una extinción anticipada.

Así percibo yo Fin de poema (Alrevés, 2015), la obra de Juan Tallón, como una confesión al oído que nos sirve para aliviar la tensión acumulada durante toda nuestra vida por no ser nada, por no valer nada. He de decir que no conocía a este autor más que por sus artículos periodísticos, en ellos ya llamó mi atención su estilo sencillo con pala incorporada. ¿Qué es esto? Pues algo muy complicado de lograr y que parece que Tallón lleva haciendo toda la vida. Acude a lo cotidiano y secuestra sus palabras, las pasa por una capa imperceptible de barniz literario de forma que no notamos que esas palabras nos han sido hurtadas, y las expone ante nuestros ojos de forma que despierta nuestro miedo-atracción por el vacío existencial. Nada de arabescos, nada de sentimentalismos. El estilo de este autor es limpio, lavado si se quiere atribuir mérito al trabajo de decantación que conlleva, pero capaz de desasosegarnos, de causarnos inquietud y hacer aflorar preguntas sobre los personajes y sobre cómo lo que a ellos les pasa por la mente y el corazón también nos sucede a nosotros. Pero eso es compararse y has dicho hace unas líneas que eso es lo peor que podemos hacer, diréis algunos. Concedido, es verdad, pero no es lo mismo aspirar a un ideal inalcanzable que reconocer en versiones ligeramente ficticias de personas que fueron de carne y hueso, ídolos para algunos, todas esas pequeñas muertes y secretos que nos hacen más humanos, que nos igualan y que, precisamente por aspirar a lo imposible, nos ocultamos, mintiéndonos descaradamente y dejando que el personaje que somos pese más que la persona que podemos ser.

El autor fabula sobre las vidas de cuatro poetas (Pizarnik, Pavese, Sexton y Ferrater), pero lo hace de forma tan creíble, introduciendo anécdotas reales y datos verídicos, que en ningún momento tenemos la sensación de estar metidos en una ficción. Al contrario, contemplamos las escenas (miserias) diarias de estos cuatro escritores como si fuéramos un amigo cercano, su amante, su mujer, su hermana, la dueña del bar donde ahogan las penas.

En concreto las elucubraciones de Tallón son sobre el colofón de la vida. Tenemos pues cuatro finales, cuatro carreras apresuradas hacia la muerte; sin dramatismos ni quejas, sin lamentos ni complacencia lacrimógena. Sólo cuatro personas a las que la poesía los ha hecho arder por dentro, cuatro seres que han apurado sus días todo lo que han podido y que ya no pueden más. Vemos que este incendio corre y se expande en paralelo a la desaparición de la palabra, del poema. No se puede quemar lo que ya ha ardido ni se puede pedir que hable al que ya lo ha dicho todo.

Vemos cómo, poco a poco, la idea inicial que nos habíamos hecho sobre la temática del libro va cambiando. No trata de la muerte ni del suicidio, tampoco sobre la desesperación ni la locura que llevan a cometer un acto tan estigmatizado. No, la obra intercala pequeños retales de los últimos días de los protagonistas para hablarnos de su relación con la palabra, con la poesía, con la intensidad que se desprende de haber vivido de ella, para ella y por ella; y claro, cuando nada queda por decir, las llamas se acaban apagando solas y con ellas la vida que les sirvió de combustible.

«’No tengo nada más que decir’, anunció a sus amigos más próximos cuando comenzaron a echar de menos sus versos. Si tenía cosas que contar del hombre, la mujer, la humanidad, que eran eternos, pero nada en relación con cosas directas, experimentales, propias, y por tanto efímeras. En esto seguía el consejo de Carlos Barral, que recomendaba no acudir a la poesía para expresarse, sino para averiguarse».

En definitiva, Fin de poema es un documento de lo cotidiano, de lo que no se muestra, de las heridas y lesiones en el alma que provoca la decisión de vivir en serio, de vivir para algo y no para seguir haciendo girar la rueda del hámster.

Encontraremos también otros alicientes en esta lectura, como por ejemplo multitud de reflexiones sobre lo que es la poesía, sobre cómo afrontar su escritura. También podremos leer fragmentos de poemas de los autores retratados, que se nos ofrecen sesgados, en pequeñas dosis que nos empujan a buscar la siguiente pieza para terminar la estrofa y con ella, casi siempre, la reflexión del propio poeta. También, de forma indirecta, el libro se convierte en una crónica histórica y política de las épocas que les tocó vivir a sus protagonistas.

No nos dejemos engañar por el tono anecdótico de las historias, porque aunque favorezca la narración al descargarla de pesadez y densidad, lo que se nos muestra es una aproximación a la esencia más marginal del ser humano, a lo que sucede cuando se decide existir fuera de los parámetros marcados por lo establecido. Se desprecia la rutina a pesar de estar transitándola continuamente; es inevitable, parece querer decirnos el narrador, pero hay formas de que nos duela menos.

Una cita resume la esencia de esta obra, aparece en uno de los pasajes dedicados a Alejandra Pizarnik y dice así:

«Lo bello —evoca a Rilke— no es sino el comienzo de lo terrible».

En estas palabras se condensa toda la derrota vital de estos cuatro poetas que decidieron abrasarse.

Les recomiendo esta lectura que les exigirá sentir, repartir bien los pesos entre lo luminoso en una mano y lo desolado en la otra. Al terminar se sentirán más vulnerables, pero también más humanos.

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