Gregor Schneider en el CA2M

La exposición consiste en una enorme tubería-laberinto que el espectador tiene que recorrer a tientas.
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El centro de Arte dos de Mayo de Móstoles (Madrid) presenta hasta el 26 de febrero la primera exposición individual en España del artista alemán Gregor Schneider (Mönchengladbach, 1969). Se titula Dead End (Punto muerto) y se compone de dos partes: una enorme instalación site-specific y un amplio recorrido a través de sus vídeos y fotografías.

Podemos acceder a la primera solamente después de haber firmado un documento en el que certificamos nuestra edad y, entre otras cosas, no estar bajo los efectos de drogas o alcohol. Esto se debe a que el espectador se adentra en una tubería de algo menos de 2 m de diámetro que empieza fuera del museo, sube a la primera planta y nos hace volver al punto de partida. Procedemos literalmente a tientas en un gigantesco laberinto a lo largo del CA2M pasando a través de escaleras de caracol y de incendio, una celda frigorífica, una habitación vintage, un espacio que se parece a un garaje y muchos pasillos que alteran inevitablemente nuestra percepción del espacio y debilitan nuestra orientación. Lo que se proporciona aquí al espectador es una experiencia, el cuerpo es el protagonista y todos los sentidos se desperezan, menos quizá la vista, el único que suele participar de forma activa en la relación con la obra de arte. En lugar de contemplar una instalación, nos adentramos en un ambiente cerrado, una tubería completamente oscura, cuyo conjunto parece haber estado siempre allí y que nos permite recorrer el museo sin verlo, como en “un intestino” escribe el comisario de esta exposición, Veit Loers.

Con las obras de Schneider experimentamos lo siniestro. Freud, en un ensayo de 1919, expuso este estadio como la transformación de lo familiar en su opuesto, en algo extraño y destructivo. Incertidumbre, claustrofobia, desorientación y un poco de miedo nos acompañan durante la experiencia perceptiva de Dead End. Sensaciones que no nos dejan siquiera cuando paseamos o nos detenemos frente a las fotografías y a los videos de Gregor Schneider en la segunda planta del museo de Móstoles.

El punto de partida de su investigación y quehacer artístico comienza en una casa de Rheydt, su barrio natal. Desde 1985 empieza a trabajar en este edificio, Toes Haus ur (Casa ur Muerta), modificando el espacio con intervenciones sucesivas. Trasformaciones y alteraciones que documenta con vídeo y fotografías. Schneider vive en esta misma casa-laboratorio y experimenta incansablemente. A partir de 1997 traslada estos espacios modificados a espacios expositivos. Quizá la más célebre de estas instalaciones, siempre ambiciosas por la radical transformación que conllevan, es la que alteró la arquitectura del Pabellón Alemán y le valió el León de Oro en la Bienal de Venecia de 2001.

Ur, nombre de la antigua ciudad de Mesopotamia, indica el origen de la práctica de Schneider, que parece centrarse en la percepción del espacio arquitectónico y los efectos de su modificación constante. Lo siniestro, en alemán unheimlich (“inhóspito”) contiene justamente su antónimo “familiar”, acogedor. Escribe Freud que “No cabe duda que dicho concepto está próximo a los de lo espantable, angustiante, espeluznante, pero no es menos seguro que el término se aplica a menudo en una acepción un tanto indeterminada […]. Lo siniestro sería aquella suerte de espantoso que afecta las cosas conocidas y familiares desde tiempo atrás”. Schneider provoca este estadio anímico en el usuario de la exposición mediante una alteración sutil, pero determinante, que nos desliza dentro un recorrido que parece enroscarse sobre sí mismo, en un terreno susceptible de evocar un impulso de repetición interior, no deliberada. Un latido continuo nos empuja a seguir a tientas un paso tras otro.


Artículo publicado originalmente en Fac magazine.


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