Para qué sirve la poesía

Sonreír y entregarse, sincerarse; dejar que la poesía nos lleve donde ella quiera, encontrar juntos ese aire dulce y fragante que nos limpia y nos trae la seguridad de que vivir merece la pena.
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Estudié psicología. Aunque no he puesto mucho en práctica esta formación, se me nota eso del defecto profesional. La gente me gusta y me repele a partes iguales. Pero hay algo que sí me caracteriza: la curiosidad por los pensamientos y sentimientos ajenos. Supongo que el ser humano es ese animal social que nos explican a lo largo de nuestras distintas experiencias académicas, ese animal de rebaño del que formamos parte durante el tiempo que nos toca pasar aquí. Tendemos a juntarnos, a buscarnos y a compartir. Sí, a compartir, lo creo con firmeza. A pesar de que topamos en nuestro día a día con un mensaje contradictorio, un doble vínculo (¿veis cómo tengo ramalazos de psicólogo?), que nos dice que debemos querer y entender al prójimo pero, al mismo tiempo, desempeñarnos como crueles competidores insensibles al mal que aqueja al igual y que se convierte por consiguiente en una ventaja para nosotros; a pesar de esa confusa manera de crecer y desarrollarnos, nuestra educación psicópata no puede tapar completamente esa tendencia a la curiosidad por el otro. Esa certeza de que no somos muy distintos una vez quitamos lo accesorio.

 

En mi caso ese querer saber cómo saben los melones de la huerta del vecino se traduce en qué expresiones artísticas le gustan, qué saben hacer sus manos, qué cosas nuevas es capaz de traer a mi realidad y a la generalidad. Me siento atraído por las personas que gustan de la belleza y que, por sus acciones o palabras, parecen partidarios de un desarrollo del individuo en el que la creación es un aspecto crucial.

 

Esas ovejas raras, a menudo con ojeras y achaques, esas ovejas que beben de más y toman pastillas de la risa o de la calma. Esas cabras locas que no tienen monte a donde ir. Esas personas que son un poco como yo y que no aspiran a comprar el aire que respiran sino que saben que el aire está ahí y no tienen más que encontrarlo y tomarlo.
He buscado desde que era niño a esos seres. Especialmente a los apasionados de la literatura en general y de la poesía en concreto. Poesía como lugar común, como paisaje extrañísimo pero de clima benévolo. Poesía como un pelador que deja al descubierto la carne compartida de la humanidad.

 

Una vez sentados frente a frente, con algo de beber por delante, ya sólo queda dejarse llevar y conocerse. Analizarse sin intrusismo. La poesía como una técnica diagnóstica proyectiva pero que no se corrige o de la que no importa el resultado, sino que lo que cuenta e interesa es el simple acto comunicativo: ¿Qué poeta te gusta? ¿Qué poema te gusta? ¿Cuáles son tus versos predilectos? Esperar y, a partir de las respuestas, sacar una conclusión liviana, fácil de modificar. Sonreír y entregarse, sincerarse; dejar que la poesía nos lleve donde ella quiera, encontrar juntos ese aire dulce y fragante que nos limpia y nos trae la seguridad de que vivir merece la pena.

 

La poesía como lugar de encuentro. Un espacio para compartir y acercar mundos desde otra perspectiva distinta a la que se da en lo cotidiano. Los poemas que nos recomendamos, los libros que nos regalamos, los lugares bellos que queremos hacer ver a las personas que amamos.

 

Mis amigos son los poetas que me han recomendado o a los que me recuerdan. Tomás es Cernuda, un magnolio fragante y fuerte; Nati es Margarit y la Szymborska; Fermín es Pepe Hierro, José es Juan de la Cruz, Ricardo es Antonio Machado, Ismael es el primer poeta extraterrestre, Elena es Gimferrer, Guille es Iribarren…

 

Mis amigos los poetas siempre dispuestos a dejarse conocer, siempre dispuestos a hablar, aun sin saberlo, de su poesía.

 

Les dejo con unos versos sobre el uso de la poesía.

 

LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL

 

Solía repetir con menosprecio:
la poesía para nada sirve.
Me quiso preparar para un infierno
donde, al bajar la guardia se arriesga uno a perder,
donde solo el dinero protege de este frío
de la edad. Pero, en cambio, no sabía
que es por ese motivo que la necesitamos,
que es preciso rastrear la poesía
por hospitales y juzgados: luego
ya hablará de la amada.
Hay poesía incluso en gente
que, al igual que mi padre, odió la vida.
Y tenía razón en su argumento:
de nada sirve, aquella que él leía.

 

Joan Margarit. Aguafuertes

Víctor L. Briones Antón (Sevilla, 1979) es licenciado en Psicología. Es corrector, asesor editorial, articulista y poeta. Ha publicado relatos y poesía en varias antologías como Textos desobedients (Espiral Literaria, 2010); Días de luna (Punto Rojo, 2012); MagranaGranada (Espiral Literaria, 2014); Por miedo (Espiral Literaria, 2015), entre otros. Ha colaborado con varias revistas como Cuerno de la Luna, Letras del Parnaso o Noches Áticas, así como con EFE (Escuela de Formación de Escritores), Editorial Triskel, Boocle, Scribere, Libros Prohibidos y Autorquía. Varios de sus poemas han sido seleccionados para la antología Anónimos dentro del festival Cosmopoética. En abril del 2013 publicó su primer y hasta ahora único poemario individual Insectos (Espiral Literaria).


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4 Número de comentarios

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  • Miguel A. Acosta
    28 diciembre 2015 at 12:26 pm - Reply

    Magnífico, maestro, este ejercicio de despojamiento de las máscaras y los velos, de poesía de la desnudez.

    • Víctor L. Briones
      29 diciembre 2015 at 11:36 am - Reply

      Gracias Miguel, mejor ligero de equipaje, con pocas capas, que se pueda llegar a uno solo con quererlo.

  • FERMÍN
    2 enero 2016 at 6:32 am - Reply

    Me jode mucho no encontrar una frase con la que esté en desacuerdo. Pero lo voy a seguir intentando un par de días más, por si acaso.
    Esto no va a quedarse así.

    POSTSCRIPTUM: La Nati lo que le pasa es que no tiene ni puta idea, pijo.

    • Víctor L. Briones
      4 enero 2016 at 10:11 am - Reply

      Siento haberle ofrecido tan poco. La próxima vez intentaré hacerlo peor.

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