FRANCISCO DELGADO MONTERO. El diablo vestido de fraile. La crisis del padre Soler en El Escorial

La novela incide en el ambiente malsano que tuvo que soportar Antonio Soler, uno de los compositores más relevantes del siglo XVIII español, durante su vida como fraile jerónimo en el monasterio de El Escorial.
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Portada-el-diablo-vestido-de-fraile-francisco-delgadoGracias a la Editorial Alpuerto nos llega la novela El diablo vestido de fraile. La crisis del padre Soler en El Escorial (2014) del autor salmantino Francisco Delgado Montero, profesor honorario de la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid.

En ella nos encontramos un relato de menos de 165 páginas que, con un lenguaje sencillo, directo, llano, poco florido, una narración clara, lineal y amena, y una construcción histórica documentada y verosímil, sigue los pasos del padre Antonio Soler, uno de los compositores más relevantes del siglo XVIII español tanto de música religiosa como profana, durante su vida como fraile jerónimo en el monasterio de El Escorial.

El arco temporal de la novela va de 1755, año en que el monasterio recibe un grupo numeroso de supervivientes del famoso terremoto que destruyó la ciudad de Lisboa, hasta 1781, dos años antes de su muerte.

El diablo vestido de fraile incide en el ambiente malsano que tuvo que soportar el compositor originario de Cataluña, ya que el monasterio de El Escorial era un lugar donde prácticamente estaba prohibido estar de buen humor porque podía ser signo de que el maligno anidase en tu interior. “En el Monasterio de El Escorial hay una epidemia que se ha extendido por toda la comunidad: la de la envidia y la maledicencia”.

Prácticamente todos los monjes y las autoridades del monasterio veían con malos ojos su pasión por la música, su estrecha relación con la Corte (Soler fue profesor del Infante Don Gabriel, por quien llegó a sentir un amor paterno-filial, y a quien escribió muchas de sus obras) y le acusaban de estar poseído por el diablo, simplemente por no ser un fraile mediocre que se conformara con llevar una sencilla vida monástica sin ningún tipo de ambición.

Este ambiente asfixiante que le hacía la vida imposible se agudizó con la llegada de Fray Julián Villegas, el Prior del monasterio entre 1773 a 1781, un personaje siniestro y reaccionario: “Las personas como el padre Villegas perciben al hombre no como una criatura de Dios, con muchos defectos en lo accesorio, pero semejantes a Él en lo esencial, sino como una criatura surgida del pecado, cuya naturaleza busca siempre lo pecaminoso y por lo tanto nunca digno de confianza. El ser humano es malo por naturaleza, piensan, y sólo la estricta obediencia a las reglas de la Santa Madre Iglesia Romana, le puede salvar. El ser humano es codicioso, voluptuoso, indolente, inclinado a los placeres y ambiciones mundanas; dado a desobedecer, a dejarse llevar por los falsos profetas y los herejes, no sabe lo que le conviene y es frágil presa del maligno, que se introduce en su mente sobre todo a través de las lecturas, de los pensamientos, del contacto con la carne y con el mundo”.

Francisco Delgado Montero.

Francisco Delgado Montero, confesando al padre Soler.

Esta circunstancia, más algunas amenazas de muerte y atentados contra él, marginaría y aislaría a Soler, quien intentó trasladarse al monasterio de Granada sin éxito.

Pero Soler, convencido de que “la música es el lenguaje de Dios”, siempre defendió su postura como músico:

“La alegría que derrochan las notas de mi Fandango es una proclama de fortaleza, de afirmación de que no existe la derrota. Mi fandango es danza, desde el principio hasta el final, es la alegría del campesino que recoge los frutos, la del amado que va al encuentro de la amada, la del creyente que sabe que Dios le escucha y está con él, la del hombre de ciencia que descubre una novedad del mundo físico, gracias a que Dios le ha concedido inteligencia y ojos para ver, la del niño que juega y disfruta de sus movimientos, de la vida y de la de sus semejantes. Así es mi Fandango, no una manifestación del diablo”.

A lo largo del relato aparecen notables personajes de la vida musical de entonces como Domenico Scarlatti, quien fuera el principal de sus maestros, Luigi Boccherini y Juan Oliver Astorga.

La lectura de El diablo vestido de fraile resulta fluida y genera interés, si bien a veces transcurre con cierta monotonía y apenas existen giros y sorpresas que exciten al lector.

El relato cuenta con algunas ilustraciones de Miguel Joaquín Calvo, no demasiado bellas, no demasiado sugerentes.

Probablemente el principal logro de este trabajo es el de contextualizar desde el recurso narrativo las vicisitudes por las que tuvo que pasar Antonio Soler, para así apreciar su obra desde otros puntos de vista.

Recomendable e interesante aunque no imprescindible.


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