Un “Amor brujo” gótico y de poco folclor

Estrella Morente proyectó trazos a la altura de su nombre pero no terminó de brillar espectacularmente. Rubén Olmo, entre los mejores bailarines del reparto.
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29/12/2014. Teatro Real, Madrid.

De buenas a primeras llama la atención que en el programa no se encuentre ni una sola foto de Estrella Morente y apenas algunas pocas líneas dedicadas a ella, siendo la cantaora granadina la cabeza de cartel indiscutible en estas representaciones en que el Teatro Real recupera El amor brujo de Manuel de Falla para celebrar el centenario desde su estreno en abril de 1915 en el Teatro Lara de Madrid, pieza que originalmente fue escrita para conjunto de cámara con Pastora Imperio como cantante, sobre un libreto de Gregorio Martínez Sierra (o quizá escrito, se cree, por su esposa, María Lejárraga, bajo la firma de él). Según se cuenta no tuvo una acogida exitosa, por ello Falla la revisitó un año después adaptándola a orquesta y no sería hasta 1925 en que se pudo apreciar en escena como hoy en día más la conocemos: en su formato de ballet en un acto. Posteriormente entre finales de los 20 y principios de los 30 Falla volvió una vez más a ella para adaptarla a suite para piano y favorecer así un uso más práctico y doméstico de la obra.

El Teatro Real recupera una producción de Víctor Ullate -figura clave de la danza española desde hace cuatro décadas- que se pudo apreciar hace 20 años en la Maestranza de Sevilla. Pero no se repone tal cual, el vestuario es nuevo, la escenografía y la puesta en escena también y la coreografía se ha perfilado. Además, otras músicas de Falla aparte de la de El amor brujo se escuchan en este montaje, las canciones “Nana”, “Polo” y “Asturiana”, así como una variación que hizo Paco de Lucía para el tema centrado en el personaje de José; y no sólo esto, también otros sonidos que no son de Falla se incorporan al discurso: los planteamientos etno-andalucistas de Luis Delgado y las pulsaciones sombrías del grupo sueco de dark ambient In Slaughter Natives.

Las relaciones de Ullate y los Morente vienen de lejos. Estrella de pequeña recibió lecciones de baile en la escuela de Ullate; recientemente, en el verano del 2014, Ullate presentó en los Teatros del Canal de Madrid “El sur”, un ballet en homenaje al padre de Estrella, Enrique Morente, basado en canciones compuestas por el cantaor del Albaicín que cuentan con la participación de Estrella, si bien se trataba de música ya grabada y no en directo.

Amor-Brujo-3541-JAVIER-DEL-REAL-LVÚPara Estrella, desde luego, El amor brujo no es ninguna pieza desconocida, la ha absorbido desde su infancia y, de hecho, ya había ofrecido una interpretación de esta obra en el Palau de la Música de Valencia a inicios del 2013. Y aunque en esa ocasión Estrella se marcó algunos cuantos pasos de baile de arrebatada pasión, aquello no dejaba de ser una versión de concierto. En este montaje en el Teatro Real la implicación de la artista andaluza es mucho más profunda ya que se mete en la piel de la pitonisa de la historia, sustituyendo así a Carmen Linares, quien fuera la encargada de hacerlo en el montaje de 1994. Estrella no sólo canta sino que participa actuando y dibujando ciertos movimientos coreográficos. Me detendré más adelante comentando su desempeño.

Es este un montaje claramente contemporáneo, mantiene poco colorido folclórico pero el resultado no deja de ser español tanto en las formas como en el fondo. Aquí el misticismo gitano se mezcla con una tendencia gótica-erótica-gay, impresión reforzada por la monótona y machacante música de los ya mentados In Slaughter Natives, música (reproducía, no ejecutada en directo) que ofrece más satisfacción al subconsciente en forma de masaje adormecedor que al placer auditivo como tal porque pocos estímulos provoca en el oyente como sí un estado de trance; sin embargo logra encajar con ese carácter onírico, tribal y de inframundo que poseen las partes más oscuras de la partitura y hasta escalofríos puede ocasionar al espectador la escena en que aparecen esos hombres-murciélago venidos de otro mundo. Detrás se proyectaban en una pantalla imágenes en 3D que resultaban tan sugerentes como cutres según el momento.

Estrella Morente estuvo bien en general, despertado pasiones en la grada, pero considero que no brilló espectacularmente, se nota que este es un terreno que se sale de su registro ya que por momentos la obra se acerca a la ópera. A Estrella le faltó algo de voz aunque garra no faltó de su parte como cabría esperar dado su linaje. Morente es atrayente, encantadora y muy talentosa, qué duda cabe, pero no termina ni de ser una gran bailaora ni de tener la proyección de una cantante lírica (el papel está pensado para una mezzo-soprano). Es claro que tiene asumida la obra pero tampoco pudo ahondar en jondura, quedándose en la superficie. Lo suyo indudablemente es el cante flamenco como tal pero se agradece y mucho que intente superarse artísticamente. A pesar de todo, Estrella proyectó trazos a la altura de su nombre y grabó imágenes en nuestra mente que los espectadores recordaremos por su fuerza. Su traje de vuelo largo era precioso y su aura era la de una mujer acostumbrada a dominar los escenarios.

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El reparto coreográfico lo encabezaron Marlen Fuerte (Candela), Cristian Oliveri (José/Espectro) y Josué Ullate (Carmelo) pero sin duda hay que destacar la sublime participación estelar del bailarín sevillano Rubén Olmo, quien demostró a base de maestría por qué es uno de los nombres más reconocidos en la danza española de hoy.

La batuta de Josep Vicent fue otro elemento destacado de este montaje, el director alicantino supo sacar provecho de los pasajes más lóbregos de la obra, removiendo los sonidos de la Orquesta Titular del Teatro Real por nuestras entrañas como si de un hálito espectral se tratara. En ocasiones, sobre todo en la “Danza ritual del fuego”, la música recuerda a La consagración de la primavera de Stravinski y no es de extrañar ya que ambos compositores forjaron una amistad cuando el español estuvo viviendo en París en torno a la primera década del siglo XX, siendo Falla testigo privilegiado de las primeras representaciones del mítico ballet del autor ruso en 1913, es decir, dos años antes del estreno de El amor brujo.

En conclusión, el montaje por instantes es una maravilla (el final es imponente: un fundido de luces dejando el escenario lleno de siluetas dando como resultado una imagen tan sublime como atemporal) y en otros flojo y de dudoso gusto; en momentos nos absorbía y en otros aburría. Reconozco mi incapacidad para sentenciar un juicio en firme pero es que a veces es difícil captar una obra de arte en su justa dimensión y considero que este Amor brujo requiere más de un visionado para asimilarlo, procesarlo y comprenderlo. A mi gusto le faltó bravura, resultaba algo encorsetado, burgués. Aun así creo se trata de un dignísimo intento de modernizar una obra fascinante que cumple un siglo de vida.

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Fotos: Javier del Real / Teatro Real.


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