ELMUDO (FERMÍN SÁNCHEZ-MEDINA). Canto rodado

El luminoso nervio del instante.

Canto-Rodado-Elmudo-Fermín-Sánchez-Medina-LVÚPor regla general suele denominarse prólogo a ese texto que precede a lo que estamos a punto de leer, y epílogo a lo que viene después de cuanto hemos leído; aunque en ocasiones la ortodoxia se permite alguna libertad fuera del redil.

Ha no mucho, María Teresa Caro Valverde comentaba acerca de una obra del filósofo francés Jacques Derrida, que el prólogo ni siquiera figuraba en la misma: venía en un folleto por separado y no era poco probable que transcurridos unos meses se perdiera. Un libro experimental y retador.

En el caso de Canto rodado (Espiral Literaria, 2014) de ElMudo (Fermín Sánchez-Medina), un doble prólogo aparece hacia el final, antes del índice, y, aunque no es factible que éste se extravíe, sí que llama la atención el tono familiar y desenfadado con el que José Prieto y Víctor Briones se refieren al autor de las “21 piezas en verso y un cuento” que conforman el volumen; de presentación impecable, cabe señalar.

Personalmente, no conozco a Fermín Sánchez-Medina de años atrás ni nos une una amistad señera, pero no hacen falta más de unos días para darse cuenta de la generosidad que prodiga –aun en tiempos difíciles– a quien a él acude.

Y podría relatar alguna anécdota cordial sobre su persona, con todo y lo poco que departimos; pero flacos honores haría a los textos de su autoría si me centrara en sus cualidades como ser humano, porque sangre, sudor y risa –también risa– debe haber costado la escritura de las que él llama con modestia “piezas en verso”, pese a su aparente sencillez. Centrémonos por tanto en los textos.

El primero con el que abre el volumen, “Suicidio negado”, es una declaración de intenciones, una profesión de fe; sobre la vida vivida, sobre el apremio del presente y la voluntad que alienta a buscar la propia identidad en el porvenir, aun cuando el mundo mismo sea cambiante y se esté condenado a la fugacidad.

La voz poética, que habla desde la consciencia de tal situación, destaca con claridad e intensidad notorias ese nudo de fuerzas en que se tejen la melancolía y la esperanza. “Hoy por primera vez noté / que siento amor por todo lo que dejo”, versos con los que concluye el primer poema y que parecen decidir, de entrada, un dilema antiguo: aquél sobre si la vida vale la pena de ser vivida.

Parafraseando a León Felipe cuando dice que hay que prescindir de la rima, el metro y hasta de las propias palabras para llegar a lo que la poesía es, “Carnicería” resulta (en contraste con “Suicidio negado”) un ars poética construido con una métrica variada, rimas internas y tono coloquial, bajo la forma de unas instrucciones en las que el autor vierte su sabiduría sacrificial hacia el poema, medio para –finalmente– rasgar el silencio.

En esta ceremonia, aquello que da concreción a las palabras, para el escritor, posee un papel cardinal por encima de otros órganos del cuerpo: “Y aún te quedan ojos, boca, orejas, napias, y los brazos, / y otras partes más delicadas. / Seguro que juntos harán un buen cocido. / Velas poniendo a su tiempo y a fuego lento. / Ten cuidado con las manos, que son azafrán muy fino: / carne con alma”.

Una vez establecidos los recursos, anímicos y retóricos, una vez trazado el círculo de juego, es posible que la travesía dé inicio: en el tercer texto (“Estoy curado”), la voz poética afirma de manera más categórica la existencia y, en línea con la declaración de principios y el ars poética, acepta su caducidad y la canta con ligereza, pero sin ingenuidad; sólo desde los ínferos, escribe María Zambrano, puede manar la poesía, como desde un surtidor.

“A taste of honey”, de carácter amoroso, es el primer poema cuya forma resulta aquilatada y precisa; una composición de apenas nueve versos que, con rimas internas, juega con las posibilidades del endecasílabo durante la mayor parte del desarrollo y, sólo hacia el final, con las de la seguidilla, cerrando con una palabra rotunda, indecisa entre ser sustantivo o verbo, pero que parece inclinarse por la acción: “Uno más uno cero: mi vientre cierzo / el tuyo escarcha”.

Sin el asombro del primero ni la delicadeza del segundo, el texto de tono coloquial “Me ha entrado un frío…” (“un desafío a la postrera / sombra que me llevare el blanco día”) recuerda al nocturno en que el poeta mexicano Xavier Villaurrutia habla con la muerte, así como aquel pequeño poema de Rilke en el que el viento mueve levemente las flores del jardín.

El sexto poema, “Pobre Prometeo”, en el que la anáfora “planta sus reales”, remite al tema de inicio y responde al texto anterior al aceptar la alianza que la precariedad de la vida plantea a la consciencia humana: habitar un mundo siempre cambiante en el que sólo el destino final es predecible.

“Autorretrato”, una composición que también hace uso de la anáfora, la repetición de algunos términos y un mismo tiempo verbal para generar una consonancia rítmica, mantiene el tono del poemario pero introduce la duda por vez primera, con algunos versos de lucidez torrencial que evocan a Pessoa: “No entender nada y hacerte el catedrático / Y fingir, fingir siempre que todo lo que finges / lo estás fingiendo”.

En “Lástima”, la añoranza por la partida de una figura delineada a contraluz parece quedar en suspenso por ciertas rimas internas demasiado cercanas que producen un efecto cacofónico. A decir verdad, un texto menos logrado que los precedentes. El décimo poema, “Confesión”, que parecería tener el mismo destino, al dejarse llevar por rimas cercanas y cierto facilismo en la versificación, rompe esto con la rotundidad de la última imagen: “Ya sé que es mucho tiempo / pero todavía mi odio y yo nos estremecemos / cuando vemos tanto miedo, tan espeso / caer / directamente / desde mi boca / hasta su centro / como si fuera un beso”.

Prosiguen el volumen “Estiércol”, “Cuerpo sede” y “El borracho, hecho poeta, escribe un elogio del vino, y gracias”, texto este último en cuyo humor podríamos hallar acordes de Omar Jayyám o Alfonso Reyes. “Canción del moribundo”, donde se vuelve a hacer uso del recurso de la anáfora, y “Padre nuestro”, parecen un díptico de tema religioso en el que se clama a Dios. El título de “Anunciación” haría suponer que se continúa con el motivo litúrgico, pero en su concisión introduce motivos que bosquejan la densidad e instantaneidad del encuentro amoroso: “Felicidad que mata”.

Los poemas número 17 y 18 son, a mi ver, los mejores del volumen. “Anfibio”, una fábula amatoria de los orígenes, llena de nostalgia, mantiene un equilibrio casi perfecto entre ritmo, imágenes y la narración que lleva a cabo, sin perder la cadencia del verso; una composición insólita y a un tiempo entrañable. En tanto que “Una noche cualquiera”, un poema de “Carpe diem”, es una especie de inventario de lo que el fuego ha de devorar.

Cierran las “21 piezas en verso”, “Contra los poetas”, composición ambivalente que alternativamente halaga y vilipendia la labor del bardo; el “Soneto del manco de Dios”, forma canónica con algún acento secundario que parecería estar fuera de su sitio; y el breve “Para besar hay que tirarse de boca / Para ser tierno, tierno hasta la muerte / No me pidas, amor, que me acobarde / Para cobardes ya están los que no sienten / Para besar, hay que tirarse de boca”.

Mención aparte merece “Así son las cosas de la vida (un cuento)”, fábula –pero esta vez en prosa– sobre un señor que entra a una tienda departamental y anhela el mismo juguete que una niña; un perro de peluche que, al final, luego de narrar desde un punto indeterminado, sorprende al lector confesándole que su voz es la del propio juguete deseado. Un artificio que no resulta muy pulcro y que, al menos desde mi punto de vista, rasga la atmósfera que previamente habían creado 21 poemas, la mayoría muy bien logrados salvo alguna excepción, para terminar con la única impugnación que personalmente haría al volumen: ¿Para qué dos prólogos, y por qué situarlos al final y llamarlos prólogos y no llanamente epílogos?

Cuestión que semeja ser gratuita y que supongo busca no formar prejuicio alguno en la mente del lector al hablar de la “belleza de las cosas sencillas”, “la recitación” de versos, “la contundencia de las imágenes”, su “verdad” y “sencillez”, así como la “alergia al artificio” de quien hace “rodar el canto”, a pesar de haberse criado durante la segunda mitad del siglo XX en España.

No obstante, los poemas de Fermín Sánchez-Medina, aunque él mismo los llame “piezas en verso”, hablan de la belleza desde una aparente sencillez que, empero, dicen los que escriben, es de lo más difícil de alcanzar.

Por ello, considerar la contundencia de las imágenes, de un lado, y la alergia al artificio, de otro, sería una tensión para la que se necesitarían plantear ciertos matices, ya que puede creerse que por la aparente sencillez que se menciona, existe por principio una alergia a los tropos literarios, cuando la contundencia y la claridad son resultado de un trabajo continuo con el lenguaje, la reescritura de los textos y la consciencia de que se escribe; algo que, sin duda, logra quien está al tanto de la tradición poética que, en el siglo XX en España, es extensa y tiene en la segunda mitad a Pepe Hierro como uno de sus máximos exponentes.

No dejará mentir quien lea este poemario que, aunque por momentos la intensidad y resplandor de las frases parecen arrasar con el ritmo, una sutil red de asonancias y consonancias, de desemejanzas y contrapuntos, forma un todo coherente y sólido en su fragilidad, que da cuerpo a una voz íntima que habla desde la profundidad de los días y las noches sucesivos de cuanto ocurre en el alma del hombre. Un drama siempre idéntico a sí mismo, siempre cambiante.


Artículo publicado originalmente en Fac magazine.


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