FREE ART ENSEMBLE + AGUSTÍ FERNÀNDEZ. Doble CD homónimo.

Para su primera referencia discográfica, el colectivo FAE ha contado con el inestimable apadrinamiento del pianista y compositor mallorquín Agustí Fernàndez; free jazz del bueno.

free_art_ensemble-LVÚEl Free Art Ensemble (FAE) es un colectivo radicado en Barcelona que se formalizó a finales del 2010, inspirado claramente por agrupaciones como el Art Ensemble of Chicago (AEC). Se compone de una decena de integrantes con una media de edad de treinta y pocos años, la mitad de ellos provenientes de Andalucía y la otra de Cataluña. Antes de autoeditarse este debut homónimo de CD doble, el FAE, con la colaboración del cantaor Carles Dénia y la bailaora Sonia Sánchez, estuvo presentando Antes existió el grito, un directo que buscaba enlaces y establecía puentes comunicantes entre el free jazz y el flamenco, entusiasmando a quienes se atrevieron a vivir la experiencia.

Para su primera referencia discográfica tuvieron el inestimable apadrinamiento del pianista y compositor mallorquín Agustí Fernàndez, que, además de figurar como excepcional intérprete y conducir las composiciones, firma dos de las quince piezas del set.

Tres trompetas, saxo tenor, saxo alto, flauta, dos contrabajos, dos baterías y percusiones varias, y piano, son el conjunto resultante de esta propuesta intensa, arriesgada y sorprendente, genuinas características de un género tan subversivo, radical y complejo como es el free jazz.

Grabado en el Nova Jazz Cava (Terrassa) en un sólo día del verano del 2012, con la participación técnica de Ferran Conangla y Oriol Bacardit, el primer disco se abre con “#8”, una de las dos que se acreditan a Iván González (trompeta), un tema de alguna forma simétrico ya que concluye con el mismo motivo inicial de los metales pero trastocado por el resto de instrumentos, un recurso que diestramente aplican a otras piezas del álbum. Por momentos el caos confluye en una sola dirección armoniosa y hasta compases de jazz modal podemos escuchar, pero pocos y traicioneros, porque FAE construye y deconstruye, fragmenta y desfragmenta sus intenciones con el ánimo de no anclarse en ningún sitio y de cuestionarse continuamente.

Orangina” de Albert Cirera (saxofón tenor), que con cuatro composiciones es el nombre que más aparece entre los firmantes, encuentra su eje a través de la ruta que marcan los metales y aunque parezca que en la pieza no hay ton ni son, en realidad acontece un diálogo formidable que sólo es perceptible si se está atento, un requisito participativo para el oyente que pretenda disfrutar esta música, de ahí que se considere el free jazz como una vertiente artística de difícil comprensión. Gran parte de la riqueza está en los detalles. “Arhythm songy”, original de Muhal Richard Abrams (un músico relacionado a la ya citada AEC), es pura adrenalina, corta pero contundente, manteniéndose a tope los casi dos minutos que dura.

“Zahorí” es, como su propio título lo indica, una magnética exploración en busca de lo oculto que bien puede ejemplificar esa rotunda declaración de principios que el periodista Germán Lázaro le atribuye al FAE: “nuestra única tradición es lo desconocido”. El trompetista Julián Sánchez (uno de los máximos responsables de la unión de esta agrupación) aporta tres temas al álbum, de los cuales “Amas de casa” se repite dos veces. Una, la versión definitiva, en el primer disco y la otra al final del segundo como toma alternativa. Una composición suave, triste, como vagabunda. Una de las que con más facilidad se pueden digerir.

Magic Puma” es una que levanta pasiones. Luego de bastos minutos de experimentación donde uno de los alientos incluso parece gruñir, de salidas falsas e imprevisibles de parte de todos los instrumentos, de células de libre interpretación sin aparentes conexiones entre unas y otras, de subidas y bajadas de intensidad, poco a poco se va adivinando al final una melodía (¡una cita a “Pavo Real” de José Luis Rodríguez!, de ahí el guiño en el título) que nace de rescoldos, como de la nada, y que termina elevándose con ímpetu y emoción, fulgurando nuestro interior. Uno de los aciertos del FAE es que, cuando menos te lo esperas, las composiciones crecen tan alto como rascacielos y se derrumban con la misma rapidez.

Una excusa” se podría decir que es incluso romántica, como una explosión amorosa que embelesa el oído y acaricia el alma. “Carta para Igor” también es sentimental pero más efusiva, con un regusto cabaretero y decadentista, de pasajes un tanto oscuros y dolidos.

Mandinga”, ya en el segundo disco, inicia con un matiz seductor, casi como un bolero, pero enseguida una avalancha cae de pronto sobre la melodía y de un momento a otro todo es caos y locura, encontrando en el camino algunos breves puntos de fuga que no se resuelven jamás. “Conducció 1″, «Conducció 2» y «Conducció 3” son breves incursiones de libre improvisación. En la primera los vientos se mueven de manera cautelosa, como si mediaran sus pasos al andar; la segunda es un duelo de intensidades donde la batería sobresale; y en la tercera los intérpretes de los alientos recurren al aire de sus pulmones más que a las notas del instrumento.

“Preparación al castigo” es la más larga del álbum (13:54) y también la más compleja. El inicio es demoledor y violento; precisamente es un duro escarmiento al oído. Es hardcore. Pero la música pronto se apacigua por sendos minutos, balanceándonos en una especie de trance hipnótico. Un penitente recorrido, anestésico y alucinante, que después se transforma en otra cosa: por debajo percibimos una base swing, rítmica, mientras que el resto de las líneas instrumentales se rebelan en la superficie. El final es como una muerte apoteósica.

En “Por mayoría” encontramos pasajes melancólicos y nostálgicos que se expanden como una brisa. “Petit suite”, concebida en tres movimientos, es imprevisible, pocas veces inteligible, otras muchas veces críptica, y en cuanto crees deducir por dónde van los tiros, los músicos se encargan de girar tajantemente la dirección, no concluirla o no consumarla. La cumbre de esta pieza se encuentra al final del segundo movimiento donde los instrumentos confluyen en un punto en común, vehemente y machacón. Finalmente, “Trumpet piece”, del canadiense Kenny Wheeler, es un breve tema de ritmo marcado, tejido por las distintas líneas que dibujan las trompetas y el fiscorno.

Puede que el oyente que no esté acostumbrado a estas intrincadas construcciones musicales termine exhausto luego de la audición de un disco (o un directo) de estas características pero definitivamente la experiencia es provechosa porque justamente esta música es un reto tanto para los ejecutantes como para los escuchas que encuentren gozo surcando rumbos inciertos, palpando terrenos poco explorados y lanzándose al vacío. ¿Acaso no consiste en eso el mismo avance de la Humanidad, ese continuo enfrentamiento con lo desconocido y con aquello que en un principio se nos manifiesta como algo ingobernable?

El disco, al ser una autoedición, sólo se puede conseguir en pocos lugares específicos. Uno de ellos es Discos 100 en Barcelona. Si no resides en esa ciudad puedes contactar con el percusionista Ivo Sans (ivosans@gmail.com) y hacerle una transferencia, quien, por cierto, se encargó junto con Iván González del diseño gráfico de este potente y enriquecedor álbum, muy probablemente lo más arriesgado y acusado que se publicará este 2013 en todo el estado español. Vale el esfuerzo.


Artículo publicado originalmente para Fac magazine.


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