GERARD MORTIER. In audatia veritas. Reflexiones sobre la ópera, el arte y la política

Defensor de una ópera que buscara la transformación de la sociedad, Mortier fue un absoluto visionario de esta religión de lo humano que es el teatro. Confluencias nos acerca a uno de los agitadores culturales más relevantes de nuestro tiempo.
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lvú-Portada-Gerard-Mortier-in-audatia-veritas-reflexiones-sobre-la-ópera-el-arte-y-la-política-Ed-ConfluenciasPlausible y necesaria la decisión de la Editorial Confluencias por publicar In audatia veritas. Reflexiones sobre la ópera, el arte y la política (2015), un compendio de dieciocho textos (artículos, conferencias e intervenciones públicas) firmados por Gerard Mortier, controversial director artístico de ópera belga que acabó su fascinante carrera en el Teatro Real de Madrid entre el 2010 y 2014, falleciendo el 8 de marzo de ese año a causa de un cáncer de páncreas a la edad de 70.

Los textos que aquí se recogen fueron aparecieron en la franja temporal en que Mortier estuvo al mando del Teatro Real, a excepción de uno, “Y el espíritu de Antígona se agitó sobre Europa” (publicado en El País en julio del 2000).

Como bien apunta la responsable de esta edición, Mar Fosca, prácticamente se puede acceder a todos estos textos por internet, si bien alguno se ha traducido del francés y otros han sido transcritos. En todo caso es un auténtico gozo contar con todos ellos aquí: se trata de una estupenda oportunidad para acercarse y entender a uno de los pensadores artísticos más importantes del arte escénico contemporáneo y uno de los agitadores culturales más relevantes de nuestro tiempo.

La única objeción a un producto como este In audatia veritas es que no encuentro nada atractiva la portada de Alexander Polzin. A Mortier le gustaba mucho este artista berlinés y por ello intervino en tres montajes en el Teatro Real; personalmente me pareció interesante su trabajo en La conquista de México y El público pero su visión de Lohengrin no fue acertada, como esta portada.

Resulta conveniente el orden temático de los textos: primero política (tres artículos), luego arte y literatura (cuatro) y finalmente ópera (once).

Si para Mortier ya de por sí la ópera (el arte) es un asunto político, en los primeros textos deja patente cuáles eran sus convicciones. Mortier fue europeísta (como así lo reflejó también en esta entrevista que le hizo Jesús Ruiz Mantilla en El País), si bien antes humanista. Él creía en el proyecto europeo, era optimista y en general un idealista.

En “La identidad cultural europea” reflexiona sobre las características que, según su punto de vista, conformaban una entidad socio-cultural-idiosincrática continental, entre las que subraya los nacionalismos entendidos como un movimiento vanguardista a comienzos del siglo XIX que desplazaron los privilegios de las monarquías feudales; la dialéctica entre la tierra y el mar; la mitología; las historias de Fausto y Don Juan (la primera asociada a la actitud progresista y la segunda a la represión del impulso sexual); y las grandes expresiones artísticas; etc. Si bien algunas de sus exposiciones podrían ser del todo debatibles, sus ideas y enfoques resultan reveladores.

No puedo dejar de preguntarme: ¿Qué pensaría Mortier de que en España muchos no se consideran ni se han considerado del todo europeos?, ¿y con qué símbolos y metáforas explicaría el actual forcejeo entre la Unión Europea y Grecia?

Mortier fue crítico con el sistema aunque tampoco condenaba todos los aspectos del neoliberalismo porque entendía que es preferible el pluralismo antes que los objetivos comunes que busca el comunismo, si bien rechazaba que el mercado fuese la fuerza que gobierna en solitario el sistema económico y social. En otro orden pero en este sentido, Mortier estaba en contra de la explotación meramente comercial de la ópera.

Sus orígenes fueron humildes (su padre fue panadero) pero murió siendo Barón, título que el rey de Bélgica le otorgó en el 2007. Mortier eligió como lema el título de este libro: “En la audacia está la virtud”. Toda esta información hay que tenerla en cuenta para comprender una figura tan compleja como la suya.

Ya en el apartado de arte y literatura, Mortier hace un repaso de los autores que más lo influyeron. Uno de sus pintores favoritos fue Goya, “el más moderno de su tiempo” según sus propias palabras, a quien compara con Beethoven en música y con Georg Büchner en literatura (autor de Woyzeck, y según Mortier un profeta que anunció el siglo XX), y se detiene explicando su relación con El gran cabrón (o El aquelarre). “Para mí, hoy, el Gran Cabrón podría ser Mark Zuckerberg, el creador de Facebook…”.

En otro texto se detiene analizando la arquitectura de algunos teatros, desde el Epidauro de Atenas, que para Mortier representa un ideal (en pro de un teatro más de ideas que de espectáculo), hasta el Palau de les Arts de Valencia, del cual abominó. Mortier realiza así un análisis sobre la evolución arquitectónica de los teatros, aportando criterios históricos y enfoques personales. Sentencia polémica y debatible: “Creo que en el teatro del futuro se necesitarán más arquitectos que escenógrafos. Ya la palabra decoración me resulta terrible”. Para Mortier hay que interpretar el drama, no ilustrarlo.

Ya metiéndose de lleno en la ópera deja claro que para él los grandes temas son el amor y el deseo. Defiende que ser “fiel al texto” puede ser un concepto más bien relativo. Y no lo hace pero casi lo puedo oír citando esta frase de Ingmar Bergman: “Nada es, todo representa”.

Un posicionamiento que caracterizaba a Mortier era su defensa por elaborar programas de temporada que propusieran ejercicios de reflexión social. En este sentido resulta ilustrativo señalar dos textos a razón de la temporada 2013-2014 en los que emparenta dos obras que se incluyeron en la programación. Por un lado enlaza Brokeback Mountain, uno de los estrenos mundiales durante su mandato, y Tristan und Isolde. Ambas historias se mueven en torno a una relación de amor y deseo que la sociedad rechaza. Por otro, se montaron dos obras que recrearon un suceso histórico que Mortier consideraba un hito de la humanidad: La conquista de México de Wolfgang Rihm y The Indian Queen de Purcell.

Más adelante, en otro texto, Mortier desgrana el contexto histórico, social y psicológico en torno a la figura de Mozart, perfilándolo desde una perspectiva moderna. Sobre el Festival de Bayreuth piensa que ha llegado la hora de retomar una idea del propio Wagner: que deje de ser un evento exclusivamente dedicado a montar sus títulos y que se estrenen incluso obras encargadas ex profeso.

A Mortier le entusiasmaba la vanguardia y la modernidad. Aquí otra de sus frases, carne de cañón de titulares a lo Mourinho: “…al hacer recuento yo diría que hay unas cuarenta obras realmente importantes en el siglo XIX, mientras que en el siglo XX encuentro sesenta”.

Otras páginas giran en torno a Maurice Maeterlinck, Alceste, Lohengrin, Verdi, Messiaen…

Aparte de los textos de Mortier también encontramos breves participaciones de Robert Wilson, Sylvain Cambreling y Peter Sellars, todos ellos mortierianos de pro, reflexionando sobre quién era Mortier y cómo había sido su relación con él.

Siempre argumentando ideas claras y concisas, defensor de una ópera que buscara la transformación y superación de la sociedad, Gerard Mortier fue un absoluto visionario de esta religión de lo humano que es el teatro. Mortier deja un vacío enorme, irremplazable. Es único.


Foto: Thomas Sweertvaegher.


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