ELVIRA NAVARRO. La trabajadora

"La trabajadora" es un relato extraño, difícil de catalogar y de naturaleza inconstante; definitivamente se trata de una obra irregular que no termina de convencer.

la-trabajadora-elvira-navarro-LVÚLa trabajadora (Random House, 2014) es la tercera novela de Elvira Navarro (Huelva, 1978), quien aquí se transmuta en Elisa Núñez, una correctora de textos miedosa (“La escritura era un escenario más de mi miedo”), reservada, con un gran sentido de la vergüenza y el ridículo, que vive en Madrid durante un periodo —personal y social— de apuros económicos. Por ello se ve en la necesidad de mudarse del centro (Tirso de Molina), irse al sur de la ciudad (Aluche) y compartir piso, de ahí la presencia de Susana Baños, una mujer de pasado ambiguo y presente extraño, gustos disparatados y excesiva, quien ocupa su tiempo libre aferrada a una relación a distancia y a realizar obsesivamente composiciones con recortes, especies de collages que va almacenando con la ilusión de algún día exponerlos.

Las dos mujeres son personajes inestables mental y emocionalmente, que sufren o han sufrido episodios de esquizofrenia, bipolaridad, psicosis, depresión o delirio. Por tanto, el argumento principal gira en torno a las ocupaciones diarias y la relación entre las dos compañeras de piso, y al desequilibrio mental asociado a la precariedad y al desasosiego laboral y personal. La obra es hija de esta última crisis económica (mejor dicho: estafa) de la que aún no salimos y parte desde ese contexto, si bien no se especifica directamente.

Dividida en tres partes —la primera enfocada en Susana, la segunda más en Elisa; la tercera es un final totalmente innecesario que desarrolla una conversación entre Elisa-Elvira con su psicólogo/psiquiatra—, La trabajadora es un relato extraño, difícil de catalogar y de naturaleza inconstante. Muchas de las ideas que contiene son obsesivas, absurdas y se agolpan unas detrás de otras. La narración es algo caótica, estrambótica, a veces un tanto inmadura, adolescente y el contenido del texto es, en general, vacuo. El inicio —cuando Susana cuenta que está buscando a alguien que le lama el coño durante su periodo de menstruación en una noche de luna llena (sic)— pretende sorprender, escandalizar, romper, pero tan sólo es humo.

Los personajes que pueblan esta novela son tiquismiquis y delicaditos. Llevan una vida moderna, es decir, aislada, y sus quehaceres reflejan hábitos contemporáneos: redes sociales; más interacción virtual que real; necesidad de estar conectado; el internet como una droga, como un sedante, como una nueva televisión.

El carácter autorreferencial hace que se transparente bastante del interior de Navarro, sus miedos, debilidades y hasta prejuicios, una cualidad aquí poco afortunada porque se emplea a través de una torpe fabulación y escasa técnica, dando la impresión de que la autora no supo establecer los límites entre ella y su personaje, y eso produce que no encontremos demasiada autenticidad en el propio mundo interno del texto, asemejándose más a una catarsis personal a través de la escritura; es un ejercicio válido sin duda, seguramente necesario para el autor, pero como producto literario acaba por resultar aburrido y hasta chocante.

La trabajadora también es una reflexión sobre el entorno urbano y los barrios marginales, una temática nada casual tratándose de Elvira Navarro ya que es uno de sus mayores intereses (desde hace cuatro años alimenta un blog llamado Periferia en el que plasma sus pensamientos en torno a sus paseos por los aledaños de la capital española).

No me parece coincidencia que los mejores momentos de La trabajadora —lamentablemente pocos— son cuando Navarro se dedica a relatar historias sin más, sin teorizar ni juzgar demasiado, es decir, desapareciendo. Sólo a ratos entretenida/interesante, definitivamente se trata de una obra irregular que no termina de convencer.


Artículo publicado originalmente en Fac magazine.


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