Yayoi Kusama: auto-obliteración continua

El Reina Sofía ha dedicado la primera retrospectiva en España a la artista japonesa.

El MNCARS ha dedicado el verano pasado la primera retrospectiva en España a la artista japonesa Yayoi Kusama. Organizada en colaboración con la Tate Modern de Londres y comisariada por Frances Morris, viajará a París (donde abrirá sus puertas el 19 de octubre en el Centre Pompidou), Nueva York (Whitney Museum) y Londres (Tate).

En su autobiografía, Kusama recuerda que a la edad de 10 años comenzó a pintar y a sufrir sus primeras alucinaciones. Éstas la llevaron, en 1977, a internarse voluntariamente en un centro psiquiátrico donde actualmente sigue viviendo y desarrollando su actividad artística y literaria. Nace en Matsumoto en 1929 y se muda a Nueva York en 1958. En 1962 presenta sus Accumulation Sculptures, objetos domésticos repletos de protuberancias fálicas, junto a James Rosenquist, Claes Oldenburg, Georges Segal y Andy Warhol en la Green Gallery. En los mismos años la artista fue también militante activa contra la guerra de Vietnam y se le considera precursora del feminismo.

Amiga de Eva Hesse y alabada por Donald Judd, Kusama crea obras basadas en la repetición y la acumulación de formas estereotipadas. Sus esculturas e instalaciones la convierten en una referencia ineludible en el mundo del arte contemporáneo.

En 1972 muere Joseph Cornell, con el que Kusama guardaba una estrecha relación y cuya pérdida le afectó profundamente. Al año siguiente regresa a Japón y se establece como marchante de arte con escaso éxito. Escribió novelas y poesía de manera paralela a su actividad plástica. En 1993 representa a su país en la Bienal de Venecia. Recientemente la galería Gagosian de Roma le ha dedicado una exposición individual.

Los ámbitos de su actividad plástica incluyen pintura, escultura, dibujo, collage, instalaciones, cine experimental, happening y perfomance.

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Frances Morris elige, con mucho acierto, los viajes de Kusama de ida y vuelta, de oriente a occidente, como elemento determinante para hilar la amplia y ecléctica producción de la artista japonesa. La comisaria propuso en esta ocasión aquellas obras que reflejan un nuevo rumbo en la multifacética actividad de esta artista incansable. El espacio expositivo se dividió según los cambios geográficos, políticos y culturales que determinaron, en buena medida, su práctica.

Walking Piece atestigua de manera paradigmática su condición de mujer en un país extranjero. Se trata de una perfomance documentada a través de las diapositivas de Eikoh Hosoe, que nos enseñan a Kusama ataviada con un elegante kimono rosa mientras pasea, “forastera” y sola, por las calles desoladas de Nueva York.

Su “camino para la búsqueda de la verdad”, como lo define la artista, comienza en su país natal a principios de los años 40, estudiando pintura nihonga en Kioto. Intentando superar estos cauces, experimenta mezclando pintura con arena y usando como soporte los sacos de semilla de la tienda de su padre. Resultados de estos esfuerzos juveniles son formas abstractas y sugestivas cercanas a la estética surrealista que admiramos en las primeras salas de esta exposición.

En pleno auge del expresionismo abstracto, Kusama avanza en dirección contraria oponiéndose al vigor gestual y colorista de Pollock, un delicado gesto de muñeca repetido obsesivamente en grandes lienzos blancos. Se trata de la serie de los Infinity Nets Paintings. Los pequeños arcos que traza dejan un espacio circular sin pintar. Aparecen así los lunares que en años posteriores se convertirán en elementos característicos de sus obras e instalaciones. Como en I’m here but nothing, hermosa instalación del año 2000 que se recreó en una sala del museo madrileño, poco iluminada, donde brillaban lunares multicolores que adornan objetos en un interior burgués anodino transformándolo en un espacio de ensoñación vagamente alucinatorio.

Al lado de las esculturas acumulativas a las que ya nos hemos referido antes, se pudo ver la película en 16mm Kusama self-obliteration de 1967. Donde contemplamos el espíritu beatnick de los happenings que la artista organizaba. En esta película, aparecen tomas de sus obras entrelazadas con escenas de orgías donde los participantes desnudos están pintados con pequeños lunares coloreados, que la cámara al hombro del realizador Jud Yalkut graba, devolviéndonos una atmósfera lisérgica de liberación sexual e improvisación inspirada. La artista está presente con su cuerpo, pintando a los actores con lunares y convirtiéndose en parte integrante de la obra con su otredad sexual y cultural.

Los grandes lienzos presentados en la penúltima sala, la producción más reciente de la artista, funcionan como resumen de todo lo anteriormente visto. Contienen los elementos formales que conforman su asombrosa iconografía, coherente e inimitable, sus señas de identidad, como los lunares, en los que Kusama ve “energía y vida”.

La instalación Infinity Mirror Room concluye este feliz recorrido a través del universo obsesivo de esta gran artista. En ella, pequeñas luces coloreadas se encienden y se apagan en un espacio en el que el espectador es invitado a entrar a tientas. El espacio se ilumina y se multiplica por la presencia de espejos (en las paredes y en el techo) y de agua (en el suelo).

Esta retrospectiva antológica ofrece al espectador la oportunidad de profundizar y disfrutar del peculiar universo de Yayoi Kusama, quizá no tan conocido como merecería. Comisariada inteligentemente por Frances Morris es acaso un poco enciclopédica, aunque no resulta cansada, ya que la obra de la artista no deja de sorprendernos y cautivarnos en un baile de alucinaciones obsesivas y seductoras. Repeticiones de redes y lunares nos guían en este grato viaje dentro la profundidad (obliterada) del ser.

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Artículo publicado originalmente en Fac magazine.


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