Philip Glass y los aires de grandeza de Walt Disney

Incómodo retrato del perfecto americano.
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Glass-The-Perfect-american-LVÚDesde el 22 de enero hasta el 6 de febrero del presente 2013, se representó en el Teatro Real de Madrid, por primera vez a nivel global, la última ópera de Philip Glass (Baltimore, 1937), The Perfect American, con libreto de Rudy Wurlitzer, basado en la novela Der König von Amerika de Peter Stephan Jungk, en donde se recrean los últimos días de la vida de Walt Disney. Un personaje que, aunque creció en un contexto humilde y rural (su padre era granjero), logró construir todo un imperio empresarial e iconográfico a raíz de que la compañía que fundó en 1923 junto con su hermano Roy produjera múltiples y exitosos filmes, principalmente de dibujos animados, dirigidos a un público infantil y familiar. Películas que ahora se consideran clásicas y emblemáticas debido a sus entrañables personajes e historias, y por las innovaciones técnicas que desarrollaron.

Antes de Walt Disney, Philip Glass ya había compuesto óperas basándose en la figura de algún personaje real y/o histórico (por ejemplo: Einstein on the Beach, 1976; Gandhi en Satyagraha, 1980; Cristóbal Colón en The voyage, 1992; entre otros), pero nunca antes lo había hecho sobre un compatriota suyo.

Este incómodo retrato del perfecto americano está trazado por más oscuridades y sombras que por luces y destellos. Es una áspera crítica hacia Walt Disney y a su manera de entender el mundo, a pesar de que el libreto, con respecto a la novela, suavizó considerablemente su faceta más vil y desconocida (aunque también la más humana). Disney fue un individuo explotador (en la ópera se recrea la huelga de dibujantes de su estudio que tuvo lugar en 1941, que él desprestigió señalándola como simplemente una artimaña comunista), misógino (a sus trabajadoras no se les podía permitir dibujar y crear personajes, tan sólo colorearlos), racista (su estudio tenía prohibido contratar dibujantes negros), antisemita (simpatizaba con el fascismo europeo aunque luego se retractó cuando su país entró en guerra contra ellos), ambicioso y con serios delirios de grandeza (en la ópera se compara él mismo con Thomas Edison o Henry Ford, cree que Mickey Mouse y el Pato Donald son y serán tan famosos como Zeus, Buda o Jesucristo, y se complace ante la idea de que los niños le consideren como un Dios).

Esta cuestionable personalidad se define de una u otra manera a lo largo de las casi dos horas de duración de la ópera: En dos escenas distintas, una con su enfermera/amante y otra con su familia, Disney les hace jurar ante la bandera de Estados Unidos (no podía faltar el rancio patriotismo en una obra como esta) que respetarán su deseo de ser criogenizado y preservado para que en el futuro pueda ser curado del cáncer de pulmón que padecía (al final, no sólo no fue criogenizado, sino que su cuerpo fue incinerado). En otra escena, Disney sostiene una metafórica conversación con el presidente Abraham Lincoln (esta es la tercera ocasión que éste aparece representado en óperas de Glass) sobre los principios e ideales de cada uno. Disney reprocha a Lincoln que haya abolido la esclavitud cuestionándole: “¿eran los Panteras Negras lo que querías? ¿Martin Luther King?, ¿las manifestaciones de los negros en Washington?”. En la escena donde sus dibujantes deciden hacer huelga, Walt Disney se enfrenta con uno de sus trabajadores (algunos dicen que este personaje puede estar inspirado en Art Babbitt) y le despide por revoltoso e izquierdista, cuando lo único que pedía era trabajo bien remunerado y que se le reconociera crédito como creador (en las películas no aparecía el nombre de los dibujantes y de hecho el mismo Walt Disney no creó de manera plástica ninguno de sus personajes, tan sólo los imaginaba y los “dictaba” a sus trabajadores). En la recta final, un moribundo Walt Disney rememora con nostalgia y cierto dolor su plácida infancia en Marceline, Missouri, cuando pasaba sus días observando el recorrido de los trenes de la zona…

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The Perfect American es una obra interesante pero no especialmente apasionante ni del todo placentera. Se queda algo corta. Da la impresión de que es para los artistas un mayor reto actoral que vocal ya que los registros interpretativos de la partitura son más bien discretos, y esto juega en contra de las intenciones de cualquier ópera. Hay pasajes verdaderamente estimulantes pero a otros les hace falta fuerza y convicción. En ningún momento compite con la Gran Ópera (dudo muchísimo que consiga hacerse un lugar en el repertorio operístico recurrente) e incluso a veces el estilo recitativo y las interpretaciones parecen más bien propias de un ligero musical de Broadway que de una representación más seria y compleja, como cabría esperar dadas las características de la obra y su representación. La música se mantiene lineal durante gran parte de la pieza y el libreto carece de un clímax reconocible, de una cúspide dramática considerablemente emocionante o de algún giro narrativo que descoloque al espectador. Eso sí, la puesta y dirección de escena (onírica, sugerente, sombría y en la que nunca vemos una imagen directa de los personajes de Walt Disney, sino que tan sólo los intuimos –evidentemente, los estudios Disney negaron cualquier tipo de permiso-, a cargo de Phelim McDermott) y las interpretaciones, tanto la de los cantantes (Christopher Purves es quien encarna a Walt Disney), como la del director (Dennis Russell Davies, quien no sólo se ha encargado de conducir musicalmente este estreno, sino el de todas las óperas de Glass hasta la fecha) y la de la orquesta titular del Teatro Real, fueron sobresalientes y se podría decir que su empeño y esfuerzo rescataron de manera relativa una obra un tanto plana y vacía. La conclusión más positiva que puedo sacar de la experiencia es que el estilo y espectro de Philip Glass (minimalista, repetitivo e hipnótico) está aquí particularmente bien sintetizado y condensado. Glass ya ha llegado a su cúspide personal como creador y desde ahí arriba nos entrega su arte, y aunque a veces no nos remueva mucho las entrañas, nadie puede negar su grandiosa valía como compositor.

 
 

Artículo publicado originalmente en Fac magazine.


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