20 años de “Un soplo en el corazón” de Family. Apuntes personales sobre su escucha

Influyente álbum del indie-pop español que, sin embargo, tampoco es para tanto.

un_soplo_en_el_corazon-family-LVÚHace un año o dos (no lo recuerdo pero para el caso no importa) me hice a la vez de varios discos del catálogo del sello madrileño Elefant porque durante unos días los ofertaron a precios bajísimos y tuve el impulso de aprovechar la ocasión. Entre el lote adquirí una copia de Un soplo en el corazón de Family, un dúo donostiarra integrado por Iñaki Gametxogoikoetxea y Javier Aramburu, único larga duración que publicaron en 1993, un álbum que causó furor en su momento, adquiriendo un estatus de culto y de leyenda que sigue intacto (y que incluso se ha acrecentado). Antes de escuchar el disco yo ya había leído muchísimo sobre él, como así me ha ocurrido y ocurre con otros tantos. Sabía de qué iban los tiros antes incluso de que la música hubiese pasado por mis orejas. Cuando me llegó el paquete con los discos que había adquirido escogí algunos para oírlos durante esos días y otros, como el que nos ocupa, los fui apilando a la espera de otro momento.

No toqué Un soplo en el corazón hasta hace unas semanas que me enteré de que este año se cumplían dos décadas desde su publicación y que el mismo sello lanzaría una edición especial en vinilo, la cual, en tan sólo tres días ya se ha agotado (aunque, ojo, dicen que habrá otra tirada más). Decidí entonces que era el tiempo idóneo para escucharlo detenidamente y, de paso, escribir mis impresiones sobre él, ya que aquí en España se le considera un disco bastante especial y emblemático de un momento, un estilo y de, palabras mayores, una generación y/o un espíritu, ¡una manera de ser!

Hay discos (o libros, películas, incluso personas, en fin, cualquier cosa) a los que les tienes grandes expectativas y este sin duda era uno de ellos, no sólo por lo que había leído, también porque sabía que el título era un homenaje a Le souffle au coeur (Louis Malle, 1971), una de mis películas favoritas de los últimos años, y porque a Javier Aramburu ya le conocía bastante bien por sus apreciables trabajos como ilustrador de portadas (vale la pena que observen, por ejemplo, lo que ha hecho para Los Planetas, Single, La Buena Vida, etc.) y por sus impresionantes dotes como pintor. Sabía además que encontraría ecos de, entre otros, New Order, Pet Shop Boys, Carlos Berlanga y Nacho Canut, The Smiths, La Mode… todas referencias que, unas más que otras, me gustan en buena medida (hace un par de años escribí sobre Berlanga un extensísimo artículo que se puede leer en mi blog personal).

Algunos álbumes llegan a sorprenderme incluso más de lo que me era posible imaginar, unos consiguen cumplir con lo esperado y otros, en cambio, como es el caso, no me parecen para tanto. Un soplo en el corazón se venera como una obra maestra del indie-pop español y muy probablemente lo sea. No quiero parecer desdeñoso pero aún así, visto desde un punto ajeno al fenónemo y valorándolo desde el peso específico del material intrínseco y no desde lo que causó en el ambiente donde se gestó, considero que se trata de un producto sobrevalorado. Hay canciones que me hicieron gozar por su frescura y desenfado, no digo que no, pero otras me dejaron completamente indiferente y frío. Seguramente hace diez años me hubiesen gustado más y encuentro plausible la teoría de que probablemente Un soplo en el corazón hubiese podido ser quizá toda una revelación para un joven español y/o europeo alternativo en  el momento de haber oído este álbum cuando surgió. Pero, y no quiero sonar pedante (de hecho me estoy sincerando), desde el lugar donde me encuentro ahora estas canciones me parecen poco reto: son composiciones muy planas, casi no hay giros sorpresivos y la pericia de ambos como intérpretes es más bien básica (aunque eso sí, lo poco que tienen lo saben usar inteligentemente, son buenos arreglistas), características que se tradujeron para mí en forma de monotonía, trivialidad y medianidad (incluso durante una de mis escuchas me dio por bostezar como una fiera).  Para colmo, ¡ni siquiera el diseño de Aramburu para su propio disco me parece uno de sus mejores trabajos!

Jesús Llorente, director del sello Acuarela y un periodista musical reputado en el undergound español, ha escrito sobre este LP cosas como “Family están por encima del bien y del mal”, y en otra ocasión apuntó “Un soplo en el corazón significa para mí un puñado de temas apasionados cantados sin pizca de pasión”. Esta apreciación, aunque contradictoria, no deja de ser certera (si bien se podría matizar bastante) y creo que, en efecto sucede así porque se trata de una cualidad (la de ser sin ser, sentir sin sentir) que podemos asociar, sin duda, a esa actitud abúlica que se apoderó de un buen puñado de jóvenes en aquella década; un vacío existencial que, creo, ha ido a más con el paso del tiempo. Por otro lado, estoy de acuerdo con Nando Cruz cuando escribe: “Un soplo en el corazón bien pudiera ser el disco íntimo con una repercusión más desmedida en la historia del pop español”. La gran mayoría de textos que uno encuentra buceando en internet sobre este disco son tratados desde el máximo respeto y admiración, lo cual es bueno, pero también con cierto proselitismo y hermetismo, lo que ya me parece más desmedido (por no decir que de crítica poco o nada). Incluso sospecho que existe cierto tabú a la hora de cuestionar los méritos netamente musicales-artísticos conseguidos por los dos músicos del País Vasco.

Estas entusiastas y fanáticas declaraciones (como cuando Javier Becerra dice “Un soplo en el corazón nace y muere sin lecturas intermedias. Lo contrario sería romper el cristal en mil pedazos”; o cuando el ya citado Llorente afirma que “destacar algún tema en especial sería una total falta de respeto por mi parte […]. No se debe diseccionar el vuelo de una gaviota, o el amor de tu mejor amiga, o la pequeña historia que bulle en cada una de las 14 piezas de este álbum, porque acabaría matando su pureza, aniquilando todo sentimiento) las encuentro sinceras y, por lo tanto, emocionantes pero también definitivamente exageradas, plagadas de superlativos (quizá yo también cometa a menudo este error porque a veces el corazón se apresura a dictar algo que la mente debería de madurar) e incluso, uff… espero no ganarme con esto animadversión, manifestadas desde una inocencia casi hasta sonrojante (si con estas bellas y ampulosas palabras se describe a Family, entonces, me pregunto yo, ¿habría lenguaje suficiente a la hora de expresar lo que transmiten obras muchísimo más profundas, como lo puede ser, pongamos por caso, la música de Wagner, o, para no irnos tan exgeradamente lejos y a a su vez hacer la comparación entre estilos similares o iguales, las grandes composiciones de Franco Battiato?).

No quiero parecer injusto con quienes han crecido con esta música o con quienes simplemente la aman o le tienen especial cariño, respeto los gustos de cada quien y no trato de convencer a nadie de nada, estoy tratando sólo de ofrecer nuevos puntos de vista. Que nadie me saque de contexto, no he dicho que no me haya gustado o que no me hayan parecido buenos pero, a comparación de otras músicas que he escuchado a lo largo de mi vida, su alcance artístico me parece más bien menor. Aspectos positivos: Destaco “Como un aviador” (canción sobre el miedo y la angustia ante la idea de perder al ser amado), “El bello verano” (puro anhelo y hedonismo juvenil), “Viaje a los sueños polares” (una de las piezas más poéticas del set y una donde las partes instrumentales convencen), “Yo te perdí una tarde de abril” (lamento amoroso al estilo de Alaska y Dinarama), “Dame estrellas o limones” (puede que la letra peque bastante de cursi y naíf pero la música, donde detecto la sombra de Battiato y/o de Tennant y Lowe, consigue potenciarla en su justa medida)… y, bueno, casi nada más.

A pesar de haberse ganado el beneplácito de público, crítica y colegas de profesión, Family no volvió a grabar nunca por razones que nadie sabe esclarecer muy bien. Hay quienes se lamentan mucho por esto pero yo me pregunto si realmente hubiese dado para más. Abogo por el derecho a dudarlo y cuestionarlo.


Artículo publicado originalmente en Satélite Media.

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