ENRIQUE VILA-MATAS. Aire de Dylan

Una vez más, el escritor barcelonés gira alrededor de algunos de sus temas recurrentes: el fracaso y la literatura, la autenticidad, la identidad del sujeto contemporáneo, las posmodernidad y el cuestionamiento a la escritura y a la postura del escritor como tal.

Aire-DE-DYLAN-LVÚEn una parte de esta novela, Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) escribe: “Cada uno sólo tiene sus propios temas, y se mueve dentro de ellos, y en el fondo es lo mejor que puede hacer, volverse monótono. No sé quién decía que los grandes escritores son estupendamente monótonos”. Esta es una descripción que bien se le puede aplicar a él mismo porque, una vez más, el escritor español gira alrededor de algunos de sus temas recurrentes en Aire de Dylan (Seix Barral, 2012), a saber: el fracaso y la literatura, la autenticidad, la identidad del sujeto contemporáneo, las posmodernidad y el cuestionamiento a la escritura y a la postura del escritor como tal. Detecto aquí, además, que ya empieza a dar vueltas sobre sus obsesiones y fantasmas como lo haría un autor (o un individuo en sí), digamos, viejo o en vías de serlo, no porque se recree en temáticas pasadas de moda o rancias (más bien ocurre todo lo contrario), sino porque, aparte de transmitir un desencantamiento de cuanto le rodea (“Se lucha para obtener algo y, cuando eso se obtiene, lo pavoroso es ver que después de eso ya no hay nada”), se le nota maniáticamente encerrado en el propio laberinto de sus disertaciones, quizá deseando en el fondo no dar con las soluciones y/o conclusiones, si es que las hay.

La acción de Aire de Dylan comienza en un congreso sobre el fracaso y desde ahí hasta el final, con la frase-motor “Cuando oscurece siempre necesitamos a alguien” como telón de fondo (atribuida, sólo en principio, a Francis Scott Fitzgerald), el argumento del libro va surgiendo a trompicones, de manera poco rigurosa y a veces inconexa, donde se advierte un tratamiento estilístico cuasi detectivesco: Vilnius, haragán confeso con un parecido a Bob Dylan que está preparando un ambicioso e inabarcable proyecto cinematográfico que consiste en un Archivo General del Fracaso (“visto como brutal y gigantesca extensión de la realidad provinciana que apenas había cambiado en mi país desde los tiempos del Quijote”), recibe los confusos, ambiguos e incómodos mensajes que su padre (un famoso y respetado escritor que cuestionó con su obra las estructuras formales de la literatura), al poco de morir, le manda desde un hipotético limbo existencial. Creyendo que su padre fue asesinado, Vilnius decide escenificar una “obra teatral” cuyo objetivo es señalar a los culpables, desenmascarándolos así. La novela entonces, se sirve de un paralelismo con Hamlet de Shakespeare (“…la ficción siempre servirá mucho mejor para decir o insinuar la verdad que otros medios que se han revelado ineficaces”), similitud que Vila-Matas no oculta sino que incluso acentúa. De esta manera, trata de plasmar el “ingrato teatro de nuestro destino”, donde cada uno interpreta el papel que le toca.

La narración es fluida y amena pero en ocasiones cuesta entender exactamente qué quiere transmitirnos el autor, extendiéndose (¿innecesariamente?) por divagaciones y digresiones que siembran en nuestro interior multiplicidad de reflexiones e historias, muchas de las cuales uno no termina por saber cómo absorber o entender, cayendo en la sospecha de que quizá haya más de un ripio típico de, ejem, escritor prolífico (el mismo Enrique, encarnado en el narrador de la novela, un literato que viene de una generación que creía firmemente en la cultura del esfuerzo, se tira de los pelos a lo largo del relato, preguntándose si ha valido la pena publicar tanto).

A pesar de que coincido con Ricardo Piglia en que probablemente Vila-Matas se encuentra en uno de los puntos más avanzados de la novela, no ha conseguido encandilarme. La encuentro con poca sustancia nutritiva, hueca, redundante y realizada como sin ilusión. En este sentido el barcelonés acierta al empatar la naturaleza intrínseca de su novela con la abúlica realidad contemporánea: “…el drama de la sociedad moderna, su trágica inconsistencia y avance hacia el vacío, es ya un secreto a voces y un hecho brutal, al que ya nadie parece capaz de poner remedio”.

El total de las muchas críticas que he leído sobre Aire de Dylan concuerdan en alabar sin cuestionamientos los grandes dotes del autor. Desde luego no pretendo negar o menospreciar el inmenso aporte de Enrique Vila-Matas a la literatura mundial (su nombre ya tiene suficientes razones de peso para ser esculpido en la historia, creo), pero, de ser sincero, la mayor parte de Aire de Dylan me dejó frío. No obstante, algunas concisas oraciones y/o imágenes noquean en buen grado.

Dice el narrador (o sea Vila-Matas) que para encontrar algunos otros temas sobre los que escribir (o lo que es lo mismo, el argumento en sí de este libro) le ha sido suficiente el haberse mudado de barrio. Probablemente haya mucho de verdad en ello (al menos en la mente y voluntad del autor) pero ante esto no puedo pensar en otra cosa que en aquel refrán que dice “el perico donde quiera es verde”. No recomiendo especialmente Aire de Dylan pero tampoco considero una pérdida de tiempo leerla. Creo que, con la distancia, no se considerará como uno de sus mejores trabajos.


Artículo publicado originalmente en Fac magazine.


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