ARKADI Y BORÍS STRUGATSKI. El lunes empieza el sábado

Más que una novela, “El lunes empieza el sábado” es una experiencia de lectura, un desplazamiento cuesta abajo sin frenos. Sumamente divertida, es una caja que encierra verdades más allá del humorismo superficial.

16Ellunesempiezaelsabado-strugatski-portada-nervsky-lvú¡Interrúmpase! Antes de tachar esta novela de galimatías siga leyendo y prepárese para la sorpresa, el desconcierto y la diversión. Porque es justo eso: una locura, una amalgama de situaciones absurdas, un listado de chascarrillos, en apariencia, sin pretensiones pero que ocultan críticas y reflexiones floridas y variadas.

En el prólogo escrito por Sofía Rhei, Theodore Sturgeon adjudicaba las siguientes cualidades a Arkadi y Borís, los hermanos Strugatski: “una furia en la que se rechaza la hipocresía, el parloteo de la burocracia, el egoísmo, y las distorsiones subjetivas de la lógica, la verdad y las motivaciones humanas, inicialmente honradas. Su furia está acompañada de risas, y en ella abunda la mofa”.

Esa furia, aunque quizás sería más adecuado hablar de furor, da al texto una apariencia deslavazada que resulta engañosa. Nos sentimos desconcertados y, en consecuencia, surgen múltiples preguntas de las que quizás la primera que emerge sostiene la narración: ¿qué tienen que ver la magia y la ciencia? Algunos dirán que nada, pero después de leer esta obra es probable que revisen su opinión. He de reconocer que a mí no me queda del todo claro, puede que sean lo mismo, incluso puedo haber caído en la trampa de dos bromistas consumados. Como decía, la analogía mencionada es una de las herramientas narrativas principales, los autores juegan al despiste, a difuminar los límites entre lo mágico y lo técnico y, en este terreno abonado para la confusión, introducen todas las invenciones alocadas que son capaces de pergeñar.

El lunes empieza el sábado (Nevsky Prospects, 2011) es una obra que perturba sin ofuscar. No narra a la manera habitual y aseada a la que tan acostumbrados estamos en estas realistas tierras. Desorden, cachondeo, galimatías… son palabras que se nos vienen a la cabeza cuando entramos al instituto “científico” NICASO de la mano de Privalov, el protagonista de esta narración, aunque en este caso yo diría que es más bien un paciente sufridor.

Bienvenido a la mejor novela sin argumento que he leído nunca, la novela de las apariencias. Una caja que en un primer vistazo parece vacía hace mucho tiempo, aunque uno siente la necesidad de meter la cabeza y husmear porque aprecia una mancha de algo indefinido en el fondo, algún fluido por calificar. Nos inclinamos, cada vez más, peligrosamente, seguimos sin entender nada, pero ya casi llegamos a rascar con el dedo esa mancha y notamos que la curiosidad se dispara y, de repente, caemos de cabeza al interior de esta obra y empezamos a pasar las páginas con fruición para descubrir qué juego de ingenio y sarcasmo nos aguarda en el siguiente capítulo.

Resulta que la mancha cubría todo el fondo de la caja y vamos viendo su composición: críticas furibundas a lo establecido, juicios susurrados que hay que descifrar y entresacar del alocado contexto, y, sobre todo, situaciones casi increíbles que ejercen de piel de la apariencia: monedas intocables que regresan a los bolsillos, animales parlantes, objetos con personalidad propia, apariciones y desapariciones sin justificación y, sobre todo, un extraño sofá que parece ser la clave de todo. Pero en esta cuesta abajo sin frenos que es la lectura de El lunes comienza el sábado se habla de la burocratización paralizante de la administración en los sistemas autoritarios y cómo esta se expande a la vida cotidiana y coarta la libertad; del papel de la ciencia y de sus límites; de lo sencillo que es caer en la mala praxis en asuntos que relacionan esa ciencia con intereses ocultos (encontramos referencias a las inmorales carreras armamentísticas); vemos una crítica latente al capitalismo, encarnado en un voraz muerto viviente; un claro cuestionamiento del papel del hombre en la naturaleza, y la manera en que la prepotencia científica a veces nos deslegitima como habitantes de este mundo.

Podríamos calificar esta obra como un listado de opiniones o de ensayos insertos en una trama más que difusa que precisamente por su “debilidad” narrativa nos permite percibir mejor la sorna y la intención crítica. Se opina sobre lo divino y lo humano, sobre ciencia y arte, sobre hombres y dioses. Se opina sobre todo para revertirlo. Se opina hasta de la esencia de la poesía: “A ella siempre le salía la primera línea y daba la idea principal, que es lo más importante, creo yo, en poesía”.

Entendemos mejor el tono de esta obra, su justificación y su forma, cuando leemos el postfacio escrito por Borís Strugatski. En él vemos el papel crucial de la censura y de cómo esta obra tiene que ingeniárselas para evitarla. Cómo, criticando aspectos esenciales del sistema vigilante en el que fue concebida, es capaz, usando el humor como distractor, de pasar desapercibida para esta institución censora y salir adelante. El entusiasmo de los hermanos Strugatski es contagioso, te hacen creer que simplemente están exponiendo una sarta de dislates que, analizados de cerca, se revelan como el telón para otros temas más profundos y relacionados con aspectos capitales de lo humano.

La obra se divide y desarrolla a lo largo de tres partes y un epílogo. Asistimos a la llegada de Privalov a un rincón perdido, el pueblo de Solovets, donde es acogido en una casa de huéspedes a cargo de una extraña, maledicente y malhumorada anciana. Nada más poner un pie en esa residencia provisional lo onírico y fantasioso se desata. Personajes intangibles, volátiles y esquivos entran y salen de escena.

El protagonista descubre la existencia del instituto “científico” NICASO, donde se estudian y desarrollan las artes mágicas. En él aparece trabajando al comienzo de la segunda parte, la cual consiste básicamente en la descripción de las entrañas de la citada institución. Una especie de visita por el museo de los horrores mágicos, un lugar de trabajo conformado por departamentos descabellados, cuya dinámica diaria más tiene que ver con un manicomio que con una respetable institución dedicada a fomentar el conocimiento. Recorrer sus pasillos llenos de monstruos, seres fantásticos, eminentes desastres personales, vampiros rehabilitados o impedimenta medieval típica de las historias de caballería es toda una experiencia. Acabamos admirando el ambiente decadente y disculpamos tanta confusión ante la sucesión de maravillas que desfilan ante nuestros ojos.

La tercera parte de la obra comienza con un viaje extraño, con un experimento que Privalov vive en primera persona, otro despropósito más que nos trae reminiscencias de Los viajes de Gulliver o de las historias de H.G. Wells. Encontramos en este punto una cita que resume muy bien lo que es esta obra: “De modo que, además de nuestro mundo ordinario con su métrica de Riemann, el principio de indeterminación, el vacío físico y el borracho de Brut, existían otros mundos con un alto grado de realidad: mundos creados por la fantasía a lo largo de la historia de la humanidad. Por ejemplo, existen el mundo de las ideas cosmológicas, el mundo creado por los pintores, e incluso el mundo semiabstracto que varias generaciones de músicos han construido de manera imperceptible”.

Arkadi y Borís strugatski, hermanos bromistas.

Arkadi y Borís Strugatski, hermanos bromistas.

Para terminar nos encontramos un epílogo donde, en un último giro satírico, se nos ofrece un catálogo de “errores” cometidos por los autores, redactado por el propio Privalov, el protagonista. Acabamos así como empezamos, con la sonrisa desenfundada y la actitud de un niño travieso y curioso.

Este epílogo, que me he tenido que resistir a plagiar, es una especie de reseña de la propia obra, una crítica donde se les arrea algunos palos cariñosos a los autores y a su actitud indolente y poco cuidadosa respecto a los aspectos más importantes de la pseudociencia o casi magia que se tratan en la obra. También se nos aporta un diccionario de terminología que recuerda al Diccionario del Diablo de Bierce.

El lunes empieza el sábado, más que una novela, es una experiencia de lectura y como tal hay que entrar en ella poco a poco, acostumbrarse a la multitud de personajes, a la ausencia de una línea narrativa clara y a que esta venga sustituida por una crónica en primera persona de lo que el protagonista, Privalov, vive en el alocado instituto NICASO. Pero una vez aclimatados podremos disfrutar esclareciendo los mensajes ocultos en lo que parece ser una historia sin más pretensiones que hacernos disfrutar con un humor gamberro que lo impregna todo.

“…el hombre es algo así como un eslabón intermedio que la naturaleza necesita para producir la perla de la creación: una copita de coñac con una rodajita de limón”.

En ocasiones la historia se asemeja a un mero listado de ingenios, de discusiones pseudocientíficas y alocadas hipótesis sobre temas peregrinos, pero la imaginación y el humor puesto en juego, que recuerda al Congreso de Futurología de Lem por su aparente estructura colapsada, hacen que perdonemos una trama entre irregular e inexistente. Toda la obra parece una broma, pero una broma tan bien urdida que es imposible no seguirla y, más aún, no hablar bien de ella e intentar que otros caigan y se dejen contagiar por la forma de hacer literatura de estos dos hermanos.

Hubiera sido deseable una maquetación más cuidada, sobre todo en lo referente a la separación entre caracteres que a veces se hace demasiado irregular estorbando por momentos la lectura. Pero este pequeño fallo no empaña el disfrute que aporta este caos bienintencionado.

En definitiva, sumamente divertida, esta novela es una caja que encierra verdades más allá del humorismo superficial. De sencilla lectura una vez acostumbrados al descontrol que caracteriza sus párrafos, uno avanza por sus casi cuatrocientas páginas siempre con ánimo y curiosidad. Un acierto editorial, otro más, por parte de Nevsky.


Imagen de cabecera y portada del libro: Eva Ramón.


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