Un rayo ha alcanzado a Paco de Lucía

Con 66 años y una trayectoria modélica y única, la muerte del guitarrista de Algeciras deja un hueco irremplazable.

Paco de Lucía (1947, Algeciras, España – 2014, Playa del Carmen, México) es sin duda, junto a Camarón de la Isla, la figura más importante que ha surgido del flamenco, y por tanto de la música en general, en los últimos 100 años, casi nada.

Ahora me viene a la mente una conversación sobre Paco de Lucía que sostuve con un amigo del sur de España, quien la concluyó con una frase tan graciosa como verdadera: “Vaya putada la de haber sido un guitarrista flamenco coetáneo a Paco de Lucía”. Y es que, como dijo Tomatito, “Paco ha cogido tanto camino que todos los guitarristas de hoy tienen algo de él”. Resulta imposible escapar de su influencia, huir de su sombra, sobresalir como guitarrista en un mundo en el que ya existe Paco de Lucía, de la misma manera que un saxofonista de jazz se siente siempre observado por Charlie Parker o John Coltrane.

Se ha escrito mucho sobre él estos días con razón y no seré yo quien intente en vano abarcar en un texto tan comprimido todo el arte que de sus dedos ha brotado. Basta con mirar la arrolladora lista de los discos que publicó como solista, co-líder, acompañante o músico invitado para comprender la dificultad de la tarea, de los que sobresalen Fuente y caudal (1973) -su gran salto a la fama especialmente por esa preciosa rumba que pasó a la historia con el nombre de “Entre dos aguas” (“la barriga se llena rápido, el espíritu no”, dijo años después a razón de su repentino éxito, convencido de que su meta no se iba a cumplir hasta ser el mejor guitarrista de todos los tiempos)-, Almoraima (1976), Interpreta a Manuel de Falla (1978, homenaje a uno de sus compositores favoritos, ilustre conciliador entre los códigos clásicos y los flamencos), Passion, Grace and Fire (1983, con Al Di Meola y John McLaughlin, otros dos excepcionales guitarristas), Live… One summer night (1984, con su alucinante banda de acompañamiento integrada por sus hermanos Pepe de Lucía y Ramón de Algeciras, y por el flautista y saxofonista Jorge Pardo –quien, por cierto, el año pasado se convirtió en el primer músico español en recibir el premio al Mejor Músico de Jazz Europeo que otorga la Académie du Jazz francesa-, el mayúsculo Carles Benavent al bajo y el percusionista brasileño Rubem Dantas), Siroco (1987), Zyryab (1990), Concierto de Aranjuez (1991, ¡sin saber leer partituras!)…, entre otros.

Sin olvidar, por supuesto, sus cerca de quince discos acompañando a Camarón, dupla artística de esas que se dan una vez cada tantos siglos, punto de partida de lo que ha venido a ser el flamenco contemporáneo, tándem basado en, además de un inaudito talento, un respeto, cariño y admiración mutua, pues es bien sabido que Camarón se sentía un tocaor frustrado tanto como Paco de Lucía un cantaor frustrado (“el instrumento más puro es la voz humana”, dijo en más de una ocasión).

Está previsto –o estaba- que el último álbum que ya había terminado luego de diez años sin publicar material de estudio inédito, Canciones Andaluzas, se lanzara al mercado este próximo abril, basado en melodías clásicas de su tierra. Será lo último que escuchemos de él, independientemente de futuras e hipotéticas publicaciones alternativas, reediciones o rarezas.

Pero por si fuera poco, el aporte de Paco al flamenco no se queda en el terreno de las seis cuerdas, elevando el estatus del guitarrista flamenco a la par que cualquier otro artista, o en el de ser uno de los primeros en unir el flamenco con otros estilos como el jazz, también fue él quien introdujo al género el cajón peruano como percusión hacia finales de los 70, instrumento que se ha establecido definitivamente en los ensambles flamencos, como si llevara ahí toda la vida.

Pausadamente inconformista, rebeldemente conservador y de imaginación realista, como así lo describió Jorge Pardo al poco de morir, Francisco Sánchez Gómez, como así figuraba en su acta de nacimiento, vivía desde 1992 en nuestro país, enamorado como estaba del sur de México, Yucatán y Quintana Roo, por su naturaleza, paz y tranquilidad. “Lo que me sedujo de este lugar fue el mar, el más bonito que he visto nunca”, declaró alguna vez. Y de hecho, fue ese mar lo último que vio este pasado 25 de febrero, al sufrir un paro cardíaco fulminante. “Un rayo lo ha alcanzado a la orilla del mar, ¿dónde si no iba a morir Paco?”, escribió inspirada y metafóricamente Gerardo Núñez, otro maestro guitarrista al que, por cierto, tuve la inmensa fortuna de ver en directo el año pasado.

Con 66 años y una trayectoria modélica y única, la muerte de Paco de Lucía deja un hueco irremplazable. Tardaremos bastante en alcanzarle como ese rayo que acabó con su vida, si es que alguna vez lo conseguimos…


Artículo publicado originalmente en Satélite Media.

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