JOSÉ MARÍA FLORES Y RAMÓN F. SOUTO. Un bolero

Podría haberse llamado "Un chotis" y hasta hubiese sido más apropiado: puro madrileñismo en estas páginas.

Un-bolero-Ramon-josé-mará-001Más que una novela (que también, por supuesto), Un bolero (autoedición, 2009) es un ejercicio literario realizado a cuatro manos (o a dos porque se escribe con una) por dos autores nóveles prácticamente desconocidos (una búsqueda en la web arroja pocos datos) que responden por los nombres de José María Flores y Ramón F. Souto.

Un bolero es un relato ingeniosamente construido por varias subtramas que se van intercalando y tejiendo a través de breves episodios, aunque a algunos de éstos sería más apropiado llamarles ocurrencias, o eso, ejercicios.

La acción transcurre fundamentalmente en Madrid (“reflejo de ciudad que por la meseta resbala con el eco de un olé”), urbe por la que los autores sienten un sincero y enternecedor amor aun a pesar de sus defectos. “Debe de ser que estoy enamorado”, admite al cabo de unas páginas una de las voces, y digo una de las voces porque a veces no se sabe quién plasma tal o cual enunciado, si José María, Ramón, o alguno de los tantísimos personajes que pueblan este mosaico de la vida madrileña, este breve manual ameno sobre Madrid, su historia (más la reciente que la pasada), su sociedad actual, su geografía (“la ciudad envuelve la Casa de Campo y pinza al Monte del Pardo”), su literatura (un capítulo versa sobre la relación entre escritores y el río Manzanares, los primeros siempre burlándose del segundo), sus calles y barrios (con especial atención a Malasaña), sus rincones, bares y cafés (entre otros, ahí están El Cangrejero, ese bar fiel a la tradición con un tabernero, Ángel Peinado, que se define como un “diseñador de cañas”, y el Café Isadora, regentado por Jimena, una chica sevillana que sueña con debutar en un tablao) y los usos y costumbres de la capital española (desde los giros lingüísticos castizos hasta una sentencia que no por jocosa deja de ser verdadera: “El búho es, sin duda, una de las peores experiencias que pueden vivirse, o más bien sufrirse, en Madrid”). Los autores utilizan cualquier excusa para recorrer, palabras mediante, la ciudad. “Así es Madrid: movimiento y mucho ruido, pulso o incluso corazón con varios millones de células de un cuerpo regional al que mueve los miembros a su compás”.

A los autores les preocupa el devenir de los tiempos (“Aunque tampoco podemos desdeñarla [a la posmodernidad]. Debemos estarle muy agradecidos, sobre todo por los valiosos recursos que ha puesto a nuestro alcance, la multiplicidad de perspectivas, la multireferencialidad, por mostrarnos cómo el camino se bifurca hacia la soledad y la tristeza de un bosque tenebroso y en ruinas o hacia la felicidad de alguna senda florida y hermosa[…]”), la manera en que nos comunicamos hoy día (parecieran tenerle reticencias o incluso fobias al internet y a las redes sociales) y el egoísmo generalizado en el que fatalmente nos hundimos cada vez más (“Todos estamos tan ocupados mirándonos el ombligo, creándonos y creyéndonos, que nadie está dispuesto a admirar lo que el otro hace, a escuchar, a aprender, a valorar el esfuerzo de alguien que no sea uno mismo”), temas a los que dedican agudos y atractivos análisis aquí y allá, colándonos sus diatribas (a veces a través de algunos personajes que les da por filosofar como ese ex catedrático de arte barroco llamado Carmelo Vidal que vaya a saber usted si existe en la vida real o no), casi sin que nos demos cuenta.

El libro goza de buen sentido del humor (las pintadas del pasadizo que conecta el metro al Retiro son hilarantes; o el capítulo en el que se describe cómo en dos ocasiones distintas a uno de los narradores le tomaron por vagabundo es muy divertido, al aquí firmante también le ha pasado algo similar), rompen los moldes de la estructura y la narración (por ejemplo, una página está intervenida a mano con lápiz en la que escriben un sencillo ritmo en dos compases de ¾), fusionan estilos (de pronto un poema, luego una receta de callos a la madrileña…), juegan con el lector y su capacidad de imaginación y sorpresa: así como trasladan, de Bucarest a Madrid, una jauría de perros callejeros medio salvajes, congelan Madrid en un día nevado que se prolonga a lo largo de la historia o de repente se avistan por la ciudad fantasiosos animales como el cucutrín (un pájaro de tres alas y cola de león) o tigres prehistóricos.

Un bolero podría haberse llamado Un chotis y hasta hubiese sido más apropiado. Definitivamente este libro merece una edición y distribución más especializada. Y ahora la pregunta que queda en el aire es, ¿esta novela quedará como mera anécdota para los autores o continuarán ejerciendo la actividad ya sea a dúo o en solitario?


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