STEVE TESICH. Karoo

Si el lector de esta novela posee un sentido del humor mordaz y corrosivo, el descojone está asegurado.
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KAROO-STEVE-TESICH-LVÚLuego del exitazo en Francia tras recibir el Premio Mémorable 2012 por parte de la Asociación de Librerías Independientes, la cual reconoce el valor de obras inéditas o injustamente olvidadas, se traduce al español Karoo (Seix Barral, 2013), la segunda novela del serbio-estadounidense Steve Tesich (1942 – 1996), la cual fue originalmente publicada póstumamente dos años después de su prematura muerte provocada por un infarto a la edad de 53 años. Tesich fue un hombre vinculado al arte escénico como dramaturgo y escritor de guiones (entre otros logros y trabajos, ganó un Oscar en 1979 por Breaking Away, film dirigido por Peter Yates), aspecto éste que se refleja en la novela que nos ocupa ya que el protagonista, Saul Karoo, es un personaje conocido dentro del circuito cinematográfico como uno de los mejores “reparadores” de guiones y montajes en Hollywood, encargado de, básicamente, asegurar el éxito comercial de proyectos próximos a estrenarse, a base de cortar, simplificar e intensificar la trama, según así lo requiera el producto.

Situada a finales de los ochenta y principios de los noventa, la acción arranca en una fiesta de ricachones que se está celebrando en un piso del edificio Dakota, amenizada por las sinfonías de Beethoven, reproducidas enteras y por orden. Ahí empezamos a conocer a Karoo, un individuo cínico, egoísta, mentiroso (al grado de que le conmueven sus propias mentiras e incluso las ajenas), caótico, sinvergüenza, algo cruel y considerablemente inteligente (no extraña que sea el ácido y sarcástico Miguel Brieva quien ilustra la portada), indiferente y achacoso (se encuentra en la edad en que los cuerpos comienzan a expandirse en sentido horizontal y contraer en vertical). Un reescritor que nunca ha escrito nada propio. Un marido y padre desnaturalizado (él se considera creyente de La Familia pero no practicante) quien ni termina por separarse del todo de su exhibicionista exmujer (es más, hablar del divorcio les acerca), ni ofrecer a su hijo una mano amiga (en cuanto presiente un encuentro con él, se las ingenia para darle esquinazo). En fin, una bala perdida de su época.

La novela se divide esencialmente en dos partes, más un epílogo homérico y metafísico donde llega a la conclusión de que Dios es el vacío. En la primera (aunque también en la segunda pero mucho menos) bien podría decirse que se cumple uno de los blurbs (esas pequeñas frases publicitarias impresas en las solapas de los libros) acreditado al Publishers Weekly: “Karoo te hará reír a carcajadas desde la primera página”. Si bien la sentencia es matizable (yo tardé hasta la página diecinueve), el descojone está garantizado, sobre todo si se posee un sentido del humor mordaz y corrosivo. La segunda parte es más bien trágica, triste y lastimera, en la que el protagonista toca fondo a la par que intenta sobreponerse a sus circunstancias.

Karoo aborda varios aspectos y dilemas de la vida moderna, entre ellos el peso de la consciencia y el estar en contacto con uno mismo (a lo largo del relato, Saul Karoo se lamenta haber desarrollado, de un día para otro y después de una vida de bebedor, una especie de inmunidad hacia el alcohol, no consiguiendo embriagarse nunca, no pudiendo olvidarse de sí mismo, recordando todo lo que hace y dice, obligado a sostener una conversación con sus Yos); la imagen que los demás tienen de uno, lo que esperan de ti (incluso Karoo bebe y finge estar borracho porque es lo que los demás inconscientemente le piden proyectar); la intimidad (a Saul le aterra quedarse a solas con cualquier ser humano y necesita a un intermediario, una tercera persona o más, para expresar sus asuntos y así conferirles realidad); la manera en que una historia privada se convierte en una historia pública y de cómo va surgiendo un mito de ello, planteando la cuestión de que lo público puede considerarse más autorizado que lo privado (“Todas las guerras […] no eran otra cosa que evasiones colectivas de las vidas privadas”); la industria del cine y la ilusión de fama, es decir, sueños rotos y vidas frustradas; la transformación de una situación subjetiva y personal en un elemento objetivo y distante tras ser analizado desde distintos puntos de vista; la forma en que el arte, por una vez, puede servir para honrar la vida de una persona y no al revés como normalmente ocurre…

En un momento del libro, Karoo confiesa que odia el término “pequeña obra maestra” porque pareciera sugerir la existencia de todo un espectro de tamaños de obras maestras, como si fueran meros productos en estanterías de un supermercado, habiendo pequeñas, medianas, grandes y extragrandes. Si bien el relato pierde fuelle en el último tramo, ¿dónde se sitúa Karoo? Quizá en un punto entre pequeña y mediana obra maestra. ¿Novela de culto? Ya va de camino.


Artículo publicado originalmente en Fac magazine.


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