JAVIER DIVISA. Tres hombres para tres ciudades

Madrid, París y Delhi son las tres urbes en las que se desarrolla la opera prima del autor extremeño, siendo la capital francesa el punto más alto de la novela.

Javier-divisa-portada-LVÚSi uno abre al azar cualquier página de Tres hombres para tres ciudades (Ediciones Amargord, 2013) cabe la gran posibilidad de toparse con las palabras “alcohol”, “puta” (como parte de hijo/a de puta o como sinónimo de prostituta o zorra), “porno” o con alguna otra que aluda igualmente al sexo y a la vida rastrera. Así que si sé es muy escrupuloso y mojigato es mejor no adentrarse en la opera prima de Javier Guerrero Rodríguez, quien firma aquí como Javier Divisa (Extremadura, 1971). En ella seguimos las aventuras y desengaños de Helio Tristán, un profesor de literatura de instituto, el Hueso como así le llaman, un hombre un tanto confundido existencialmente, que en sus ratos libres pareciera compartir una parte de la filosofía que en algún momento de la película El Puente (Juan Antonio Bardem, 1977) formula Juan, el protagonista de la misma: “batir el record de tumbar tías”. Desde el arranque del relato hasta al final, con mayor o casi siempre menor fortuna, Helio intenta retener a su pareja de turno, Beatriz Aldaba, una “poeta de la catástrofe” que termina abandonándole; recuperar un amor pasado, es decir, Carlota, “la belleza cansada de alguien”, una chica que le engañó con un hindú; o marcarse nuevas conquistas, como Patricia, una beata que asegura haber visto a la virgen y a los santos, o Lorena, una tipa snob y antipática que conoce en el Dorian, un antro donde abunda “mucho de lo peor”; entre otras mujeres. No obstante, no todo en la vida de Helio son tanteos sexuales y sentimentales.

Parte de la acción transcurre en Madrid, especialmente dentro de los márgenes del barrio de la Justicia (calle Argensola, Hortaleza, Café Belén…) y en los interiores de la escuela donde el protagonista labora. Ahí tiene que soportar la hostilidad de sus alumnos más cafres quienes incluso lo afrentan de manera violenta. Divertidas resultan las conversaciones que sostiene con Floren, el bedel del lugar, un llano juerguista que con tal de expandir sus posibilidades de ligue decide recibir lecciones de inglés.

Tierna y áspera a la vez es la relación que sostiene con su padre, Helio también, un hombre jubilado y, especialmente desde la muerte de su esposa, amargado y tendente al alcoholismo. Con la voluntad de alejarlo de su propio círculo vicioso, el hijo convence al padre para que juntos emprendan un viaje a París, ciudad donde transcurre la mayor parte de la trama (de hecho, el mismo Javier confiesa en la original semblanza al inicio del libro que esta novela fue escrita en buena parte “tras los ventanales de las brasseries parisinas”). Ahí se encuentran a un entrañable canalla, a veces un poco pesado y hasta fantoche, Nicolás de Vinarés, “ex-presidiario, antiguo ladrón y nuevo bohemio, extravagante y redicho”, un compatriota que, huyendo de la vergüenza de que le reconozca alguien en España por sus delitos, vive exiliado en Francia, quien pronto se revela como el gran personaje de esta historia. A lo largo de su incombustible verborrea y entrometida franqueza, este individuo, poseedor de un “gancho sugestivo del sentido de la vida”, reflexiona con agudeza sobre la cárcel, los solitarios, la inspiración, la rutina, los amores, el sufrimiento, sus viajes por el mundo, las putas, la muerte, los cementerios…

Mención especial merecen sus apuntes sobre la bohemia, “una rebelión contra la realidad”, y la poesía, aunque discrepo cuando afirma que un poeta es el perfecto bohemio (no me parece que necesariamente una cosa tenga que ver con la otra), sí concuerdo, en cambio, cuando dice que “un poeta de verdad no es más que un hombre arrepentido, o un hombre que ansía la libertad, la soledad, el romance, los sueños, la conquista del ser, tan diferente a la del poder…”. Y en el aire queda la fantástica interrogante final: “¿Qué es un mendigo? ¿Un bohemio radical?”.

Si bien considero que Tres hombres para tres ciudades en general va de menos a más, la parte final, sin embargo, no aporta mucho: luego de una emotiva y fraternal despedida entre los Helios y Vinarés justo al final del último episodio parisino (“XII. Sofía”), uno notablemente narrado en el que se ve involucrada una prostituta colombiana de por medio, padre e hijo deciden extender el viaje hasta Delhi. Más allá de las impresiones cazadas al vuelo de lo que el protagonista ve en las calles, en esta gran ciudad de la India no ocurre nada tan trascendental ni provechoso luego de lo que supuso el encuentro con aquel hombre que exprimía tanto la vida. Pero el libro no acaba aquí, todavía asistimos a un regreso a Madrid un poco confuso y que más que cerrar la novela, parece sabotearla de alguna manera.

Y a pesar de los tropiezos, los trazos irregulares, algunos cortes bruscos en la narrativa, las a veces innecesarias comeduras de tarro, alguna escena un tanto forzada y el desigual final, Javier Divisa ha publicado un primer trabajo literario dignísimo. Se nota que detrás hay una persona leída y viajada, que siente atracción por los submundos marginales, que no se corta al cultivar su sentido del humor fresco y desenfadado, que halla entretenimiento escuchando el lenguaje y observando los códigos de la calle y que, en fin, quiere, como el bueno de Nicolás, exprimir la parte que le corresponde.


Artículo publicado originalmente en Fac mgazine.


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