Lisabö: monolíticos

Ver al grupo vasco es una experiencia sónica, física y metafísica; no cualquiera sale vivo de la aventura.

Sábado 26 de mayo 2012. Lisabö + Ainara LeGardon. Moby Dick Club.

Un día después de que los vascos perdieran ante los catalanes la Copa del Rey en un partido marcado más por la política que por el deporte, en el Moby Dick Club de Madrid los vascos Ainara LeGardon en solitario y Lisabö como sexteto triunfaron ofreciendo una noche explosiva, y levantaron y reivindicaron por todo lo alto un monolito esculpido por una sonoridad cruda, estentórea y animal.

Ya con un lleno total, la bilbaína Ainara LeGardon, solitaria, solemne, oscura y estridente, repasó parte de su ya significativa carrera, recurriendo especialmente a We once wished, su último trabajo que le valió un número 22 en lo mejor del año 2011 según Rockdelux. Se le notó suelta y concentrada, viviendo sus emociones, apretando los ojos como si los acordes que iba tocando fueran navajas que la herían. Su umbrío folk sedujo al público, que la arropó con sinceros aplausos.

Pero lo que todo mundo estaba esperando esa noche era otra cosa, algo aún más contundente y áspero: Lisabö. Los de Irún, esta vez como sexteto (dos baterías, dos bajos, dos guitarras y dos voces), comenzaron su aplastante actuación con “Gordintasunaren otordu luzea(“El largo banquete de la crudeza”), cuarto tema de su merecidamente celebrado último LP Animalia Lotsatuen Putzua (en castellano El pozo de los animales avergonzados). Combinaron temas de éste y de su anterior trabajo, Ezlekuak (Bidehuts, 2007). Sonaron temas como “Ezereza mugak” (“Límites de la nada”), “Hazi eskukada I” (“Un puñado de semillas”), “Oroimenik gabeko filma” (“La película sin recuerdo”), entre otras.

Madre mía, qué bestialidad, qué ganas de sentirse vivos. El público (Javier Gallego, alias “Crudo”, de Radio 3, se encontraba ahí) estuvo poseído, en trance, entregado y un poco aturdido también (me consta que no fui el único que durante una parte del concierto usó tapones en los oídos). Ver a Lisabö es una experiencia sónica, física y metafísica. No cualquiera sale vivo de la aventura, se necesita temple y aguante. Pero la recompensa no es poca ya que de su parte no se reservan nada, lo dan todo: se desgañitan la garganta, se dejan caer sobre el escenario, se pasean por entre el público gritando, patean el suelo, golpean el atril del micrófono haciéndolo tambalear peligrosamente (los de la primera fila podrían haber perdido un ojo si se descuidaban), se dan cabezazos entre ellos, se abrazan como boxeadores exhaustos, escupen…

Incluso sus instrumentos salen castigados del rudo trato: el parche de una de las baterías se rompió en mitad de la canción y así, sin sorpresa alguna, lo sustituyeron como si estuviesen la mar de acostumbrados a ello.

En “Oinazearen intimitatea” (“La intimidad del dolor”) casi lloro cuando furiosamente se alzó como un grito de guerra el estribillo que da título a su último álbum; en “Ez zaitut somatu iristen” (“No te he sentido llegar”) escuchamos en un sampleo la recitación de Martxel Mariskal, autor de todos los textos, bellos y descarnados poemas que transmiten agonía y enfrentamiento existencial.

Lamentablemente, entre tanta distorsión y caos, en directo se pierden muchos matices de sus incitantes desarrollos musicales que la escucha de sus discos ofrece. Eso sí, ganan en intensidad una monstruosidad. Las voces apenas se oían porque eran absorbidas por los instrumentos, por esa caudalosa energía. Hasta un sordo pudo haber sentido este concierto porque las piernas, el pecho y la cabeza nos vibraban intensamente.

Ya en los bises, Karlos Osinaga y Javi Manterola subieron a dos chicos de entre el público para que terminasen la noche tocando con ellos. Les colgaron una guitarra, les indicaron donde debían de colocar los dedos y les hicieron trotar como quizá nunca antes lo habían hecho. Fue un final orgásmico, apoteósico, destructivo, caótico, anárquico, incluso algo violento, pero sobre todo fue un final feliz.

Gracias Lisabö, gracias.

Lisabo 3 - copia


Fotos: Estrella Checa

Artículo publicado originalmente en Fac magazine.


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